De Vere y Herri Gardens |
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Hace una tarde gris y ventosa que azota sus harapos y les hace refugiarse en la covacha. V y H tiritan, se miran y la tristeza les cubre como una sombra. No quieren dejarse llevar por el desánimo, buscan el calor y la alegría en la música, pero H comienza a cantar y su voz quebrada entona el último lied de “Viaje de invierno” de Schubert; las estrofas de “el organillero” se desgranan con lenta y mecánica cadencia: Allí bajo la ciudad Descalzo sobre el hielo Nadie quiere oírle, Y él deja que todo ocurra Viejo extraordinario, Las notas en la desesperanzada tonalidad de La menor traen a V. la evocación de un paisaje helado por el que un viajero camina con dificultad contra la ventisca y la nieve acumulada, y a un lado de la calle desierta un viejo tirita mientras gira la manivela de su desvencijado organillo, y hasta le parece escuchar la paralizada armonía de las notas del piano. Pero la canción, escenificación de la tristeza sin límites, tiene una virtud balsámica sobre su melancolía; comentan con ánimo más risueño la figura del viejo como heraldo de la muerte en su repetición sin sentido y sin esperanza, ve el viajero su otro yo, una especie de doble “doppelgänger” desolado. Se enzarzan en una animada disputa sobre si el viejo tocaba zanfona u organillo, recuerdan que Schubert lo compuso en los últimos días de su vida, invadido por la enfermedad y H trae a cuento el poema de Angel González: canción para cantar una canción Esa música... Insiste, hace daño en el alma Viene tal vez de un tiempo remoto, de una época imposible perdida para siempre. Sobrepasa los límites de la música. Tiene materia, aroma, es como polvo de algo indefinible, de un recuerdo que nunca se ha vivido, de una vaga esperanza irrealizable. Se llama simplemente: canción. Pero no es sólo eso. Es también la tristeza.
Fecha: 27/03/2008 15:13.
Fecha: 28/03/2008 08:55.
Fecha: 28/03/2008 20:39.
Fecha: 28/03/2008 21:13.
Fecha: 31/03/2008 13:27. |