De Vere y Herri Gardens |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.
¿Mrs. Miniver se casa con su hijo? Inaceptable, debieron decir los gerifaltes del Pentágono. Pero ocurrió a pesar de lo que dijeran políticos o militares. Nos explicaremos: Corría el año 1942, un año antes, Estados Unidos había tomado una de las decisiones más decisivas de su historia al entrar en la Segunda Guerra Mundial. Inmediatamente, se realizaron una serie de películas de propaganda bajo el control de la Office of War Information, de las que la más exitosa fue “La señora Miniver”, dirigida por William Willer y con Greer Garsons en el papel protagonista. En ella se describía una familia británica que encarnaba las virtudes que se protegían con las armas e intentaba romper los estereotipos de esnobismo y clasismo que se atribuían a la sociedad inglesa. Su impacto fue enorme y hasta Winston Churchill dijo de ella que había hecho más por la causa de los aliados que una flotilla de acorazados. Así que cuando Greer Garsons intenta contraer matrimonio con un compañero de reparto, Richard Ney, que en la ficción interpreta el papel de su hijo mayor al poco de terminar el rodaje, lo que no pasaba de ser un acto absolutamente normal, incluso banal, se convierte en un retruécano cómico de la tragedia edípica. Se vierte mucha palabrería y mala literatura sobre el malditismo y la lucidez última de la autodestrucción, hablando de la relación que tienen algunos artistas con el alcohol u otro tipo de drogas. Existe gente para la que un escritor o un músico que ha vivido al filo de la navaja posee un aura que jamás vería en su compañero de trabajo alcohólico o en el yonqui que le pide un euro por la calle. Un artista puede crear una obra inspirado en sus infiernos particulares, pero es más frecuente que lo haga desde la lucidez. El mundo del jazz de los 40 y 50 del siglo pasado está plagado de cadáveres que desperdiciaron no solo su talento y su dinero, sino su propia vida, el mayor caudal de su inspiración, intentando encontrar en paraísos artificiales una creatividad arisca y huidiza. El gran saxo tenor Dexter Gordon es uno de los supervivientes de aquella época. Quien no sea aficionado al jazz lo conocerá por su magnífica interpretación protagonista en la película de Bertrand Tavernier “Round Midnigth”, película sobre la amistad, la genialidad y la autodestrucción y un homenaje al jazz de aquella época; no debió resultarle muy difícil el papel pues prácticamente estaba interpretando su propio pasado. Años más tarde en su álbum “The Panther” incluía un tema compuesto por él titulado Mrs. Miniver. Hemos estado hace unos días invitados por nuestro amigo Bruno para la inauguración de su exposición de fotografía en las cercanías de Lille. Le conocíamos desde hace unos años cuando apareció por aquí con su cámara como uno de esos viajeros románticos -"romantique granitique" en su caso- para fotografiar las ruinas de las minas de plomo andaluzas, y el sentimiento de afinidad fluyó desde el principio. Para nosotros ha sido como una llave que nos ha ido abriendo puertas la fotografía en que un hombre sostiene lo que pensamos que es la foto de su madre y que ilustra la paradoja insoportable de los ojos que miran sin ver, nos trajo a la cabeza “La chambre claire” , ya sabréis que es el título del último libro de Roland Barthes, titulado en español "La cámara lúcida", lo escribió después de la muerte de su madre, es un ensayo alrededor del hallazgo una fotografía de su madre de niña en un invernadero "jardin d'hiver" de techos de cristal: "Observé la niña y reencontré por fin a la madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente, sin mostrarse ni esconderse, y por último su expresión, que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa que juega a papás y mamás, todo esto conformaba la imagen de la inocencia soberana (si se quiere tomar esta palabra según su etimología, que es "no sé hacer daño"), todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que ella había sostenido: la afirmación de una dulzura". Esta mirada de Barthes hacia lo que no puede mostrar, ese afán de testificar la arqueología de una pasión, de contar lo que no se puede decir, nos parece el hilo conductor de su exposición porque Bruno hace del paisaje minero, degradado, de una aspereza industrial y desolada su peculiar jardin d’hiver, devuelve a nuestra mirada amorosa lo que vemos desaparecer. Esperemos que la exposición venga algún día a España y la tengamos más a nuestro alcance. Gracias Bruno Hoy mi compañero deja que mi voz de júbilo retenida desde el pasado domingo se eleve por encima de su moderado optimismo, pero es que yo vivo en un rancho con boina de la que se ha caído el pitorro. Aquí dejo mi júbilo plasmado en una de las canciones que me acompañan en momentos como este, el Allelujah de Leonard Cohen en la versión que de él hizo el malogrado Jeff Buckley, mi favorita junto a la de John Cale, pero el bueno de Jeff la relacionaba con un orgasmo, y es viernes. Con la idea de hacernos más fácil el retorno al trabajo después de esta semana peculiar -ya sea penitencial o vacacional-. Hemos pensado traeros otra pasión, la de este actor argentino que trabajaba a sus 21 años en la compañía del Royal Opera House cuando le ofrecieron posar para el cartel promocional de la obra que estaban representando, "Rigoletto" de Verdi, con la particularidad de que era desnudo y reclinado sobre otra actriz en actitud vagamente parecida a una piedad con su hijo. Por supuesto, ya hay demanda judicial y publicidad abundante, -es curioso que los periódicos hablan de disminución del pene, no de la imagen del mismo- pero lo que nosotros nos preguntamos si tanto sufrimiento no habrá sido una especie de impregnación u ósmosis desde Rigoletto, el desgraciado bufón hacia el actor –aunque sea figurante- y lo que le habrá hecho gritar ¡Vendetta, tremenda vendetta! o la famosa maledizione con que termina la obra. Hace una tarde gris y ventosa que azota sus harapos y les hace refugiarse en la covacha. V y H tiritan, se miran y la tristeza les cubre como una sombra. No quieren dejarse llevar por el desánimo, buscan el calor y la alegría en la música, pero H comienza a cantar y su voz quebrada entona el último lied de “Viaje de invierno” de Schubert; las estrofas de “el organillero” se desgranan con lenta y mecánica cadencia: Allí bajo la ciudad Descalzo sobre el hielo Nadie quiere oírle, Y él deja que todo ocurra Viejo extraordinario, Las notas en la desesperanzada tonalidad de La menor traen a V. la evocación de un paisaje helado por el que un viajero camina con dificultad contra la ventisca y la nieve acumulada, y a un lado de la calle desierta un viejo tirita mientras gira la manivela de su desvencijado organillo, y hasta le parece escuchar la paralizada armonía de las notas del piano. Pero la canción, escenificación de la tristeza sin límites, tiene una virtud balsámica sobre su melancolía; comentan con ánimo más risueño la figura del viejo como heraldo de la muerte en su repetición sin sentido y sin esperanza, ve el viajero su otro yo, una especie de doble “doppelgänger” desolado. Se enzarzan en una animada disputa sobre si el viejo tocaba zanfona u organillo, recuerdan que Schubert lo compuso en los últimos días de su vida, invadido por la enfermedad y H trae a cuento el poema de Angel González: canción para cantar una canción Esa música... Insiste, hace daño en el alma Viene tal vez de un tiempo remoto, de una época imposible perdida para siempre. Sobrepasa los límites de la música. Tiene materia, aroma, es como polvo de algo indefinible, de un recuerdo que nunca se ha vivido, de una vaga esperanza irrealizable. Se llama simplemente: canción. Pero no es sólo eso. Es también la tristeza. |