LA JOFAINA BAUTISMAL Y EL ARCON DE GRANO (I)

“-Abuelo –decía a veces el joven Hans Castorp al entrar en el gabinete, poniéndose de puntillas para acercarse a la oreja del anciano-, enséñame la jofaina bautismal, por favor.
Y el abuelo, que de todas formas ya había echado hacía atrás el faldón de su larga y blanda levita y sacado un manojo de llaves del bolsillo, abría la vitrina, de cuyo interior salía un inconfundible olor, agradable y misterioso, que el joven aspiraba. Allí dentro se guardaban toda suerte de objetos fuera de uso y, precisamente por eso, fascinantes: un par de candelabros de plata combados, un barómetro roto con figuritas talladas en la madera; un álbum de cromos; una licorera de cedro; un pequeño turco…….; una antigua maqueta de un barco y, al fondo, hasta una ratonera . El anciano, sin embargo, sacaba del compartimento del centro una jofaina redonda de plata muy oxidada, que se hallaba sobre una bandeja también de plata, y mostraba los dos objetos al muchacho, separando uno del otro y dándoles la vuelta una y otra vez entre explicaciones ya muchas veces oídas.
Originariamente, la jofaina y el plato no pertenecían al mismo juego, como enseguida se veía y como el niño volvía a oír cada vez; pero –como decía el abuelo- habían sido reunidos por el uso desde hacía unos cien años, es decir, desde la compra de la jofaina. Era bonita, de forma sencilla y elegante, muestra del austero gusto reinante a principios del siglo pasado. Lisa y sólida, reposaba sobre un pie redondo y estaba bañada en oro en el interior, aunque el paso del tiempo no había dejado de aquel oro más que un pálido resplandor amarillento. Como único adorno tenía una corona en relieve de rosas y hojitas dentadas en el borde superior. En cuanto a la bandeja, en la cara interior se podía leer su antigüedad, mucho mayor. <1650> rezaban unos números muy recargados, y enmarcaban la cifra todo tipo de ornamentos sofisticadísimos, realizados a la “manera moderna” de otra época, voluptuosos y caprichosos; escudos y arabescos a caballo entre estrellas y flores. En el reverso de la bandeja, en cambio, en los distintos tipos de letra correspondientes, estaban grabados los nombres de los cabezas de familia que, en el transcurso de los tiempos, habían sido propietarios del objeto: ya eran siete, y junto a cada uno figuraba también el año de la transmisión de la herencia, y el anciano de la corbata de lazo se los iba señalando uno tras otro a su nieto con la punta del índice en el que llevaba el anillo. Allí estaban el nombre de su padre, el de su abuelo y el de su bisabuelo, y luego el prefijo se doblaba, se triplicaba, y hasta se cuadriplicaba en la boca del narrador, y el joven, con la cabeza inclinada a un lado, con la mirada muy fija en actitud reflexiva o también soñadora y relajada y con los labios devotamente entreabiertos, escuchaba ese “tatara-tatara” ese sonido oscuro que evocaba la tumba y el paso del tiempo, que sin embargo, reflejaba los indisolubles y devotamente conservados lazos entre el presente y la propia vida y el pasado remotísimo, y que producía en él un extraño efecto, tal y como se manifestaba en su rostro. Al oír un aire frío y con cierto olor a moho, el aire de la iglesia de Santa Catalina o de la cripta de San Miguel; creía sentir en sus oídos el aliento de esos lugares en los que, con el sombrero en la mano parece imponerse caminar con devoción, inclinándose y tambaleándose ligeramente para no apoyar los tacones de las botas……”
De nuevo sobre las oscuras arenas de la playa, los náufragos han rescatado un grueso volumen, uno de esos libros que se ponen en relación con lejanas y lentas adolescencias, con tardes de calor y vencejos y el crujido de las malas copias de los cines de verano.
Cuando más pasa el tiempo, uno duda más de los recuerdos y aquí se incluyen también los recuerdos de las lecturas. ¿Qué fue lo que leímos? Se preguntan al hojear de nuevo uno de estos libros oceánicos llenos de referencias simbólicas e intertextuales que parecen querer abarcar una época. Quizá –piensan- la única razón por la que mereció la pena haberla leído entonces es que posibilite leerla con tanto gusto ahora.
No se les ocurre mejor descripción del espíritu burgués, Mann retrata con absoluta precisión una clase y una época; pero también participa de la atmósfera del cuento: el abuelo que relata al niño una historia cien veces repetida que este escucha con la hipnótica atención con la que un pequeño indígena escucha los mitos fundacionales de su tribu. La Montaña Mágica es también una caja encantada de donde salen toda clase de sorpresas
En esta novela de iniciación se utiliza el episodio de la jofaina para describir la personalidad del joven Hans Castorp, sus firmemente asentadas creencias y las normas que deberían marcar su vida y que se van a ver sacudidas en la cima de la montaña.
12 comentarios
Vere -
Vere -
Vailima -
ladydark -
Herri -
Vere -
ladydark -
Vere -
ladydark -
Años despues volví a recoger aquella novela coincidiendo con un viaje a los Alpes para esquiar. Tuve que dejarla para la vuelta. Me quedé de nuevo tan seducida que al atardecer me sentaba en una butaca en la terraza, me ponía una manta por encima y leía frente a esas mismas montañas de Mann. Al tercer día empecé a tener tos, no me pregunteis, fijo que era algo psicosomático, pero por si acaso interrumpí la lectura. Hasta tal punto hice mio a Hans Castorp y ese mundo que esta a punto de derrumbarse.
Vere -
Vailima , ¿como vamos a tener apuntador si no tenemos concha?.
Aquí nos tenéis otra vez dando la tabarra.
Vailima -
Bienvenidos seais.
ladydark -