De Vere y Herri Gardens |
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Durante muchos años lo creímos muerto, hasta que el actor Andy García produjo en 1993 el documental “Como su ritmo no hay dos”; ahora le creíamos tocando sus descargas cuando una noticia a destiempo nos habla de la muerte de Israel “Cachao” López el pasado 22 de Marzo. Contrabajista excelso; músico imprescindible de la música cubana del siglo XX, él con su grupo rediseñaron el danzón con un final tumbao inventando el mambo; olvidaros del llamado “Rey del mambo” Dámaso Pérez Prado, su verdadero rey es Cachao. Junto con Bebo Valdés, Guillermo Barreto, Generoso Jiménez, Perruchín y algún músico más, fueron los pioneros de la improvisación en los ritmos afrocubanos; Cachao llamaba a estas interpretaciones “Descargas”, así nació lo que ahora se conoce como Latin Jazz. Cuando en año 2000 vimos la película de Trueba “Calle 54” nos conmovió y emocionó en su interpretación junto a Bebo Valdés de un “Lágrimas negras” tanto como debió emocionar a Diego “El Cigala”. Es primavera y está lloviendo, Israel está descargando. Alguien muy querido nos ha traído de Edimburgo unos viejos ejemplares de Stevenson comprados en Pickering’s, una librería de viejo cercana a su casa. Uno de ellos está firmado en la guarda, sobriamente, por Isabel N. Fleming quien, fatigando buscadores, resulta ser una misionera de la Iglesia de Escocia que estuvo en Manchuria, con interrupciones, desde 1923 hasta 1947, así que podemos suponer que estos ejemplares de los primeros años del siglo XX, los leería en su juventud- A partir de ahí, podemos fantasear sobre si influiría en ella para marchar a oriente el ejemplo de los mares del sur, y si la exigente y gozosa moral que transmiten tanto la ficción como los ensayos de Stevenson, habría formado parte de un carácter puritano y aventurero. Era la época de la guerra civil en China, del Manchukuo. Un país refinado y atroz en el que las potencias combatían. Para nosotros es el cine el que nos da un referente aunque sea pasado por Hollywood, la imaginamos más como una de las misioneras que pueblan la última película de John Ford -“7 women” Siete mujeres- sitiadas en una apartada misión y esperando la llegada de las hordas que llegan como tiburones que han olfateado sangre, que como la sensual esposa de "The bitter tea of general Yen" de Capra… Alfred Kubin El enclenque Dice Julien Gracq que al leer los diarios de Gide si se esfuerza en hacerlo con los ojos de Paul Valèry, la mirada de un tercero le añade interés y diversión, y se pregunta: "por qué empleamos tan pocos artificios en el ejercicio de la lectura, si en la escritura (paso de la primera a la tercera persona, novela epistolar, falso diario, pseudocuadernos íntimos) no cesamos de inventar otros nuevos". Parece responderle Auden cuando dice que las obras literarias sólo admiten unas pocas "finitas" maneras de leerse y que hay un orden jerárquico -unas lecturas son "más verdaderas" que otras, termina diciendo: "Esta es la razón por la que, en una isla desierta, es preferible tener un diccionario a la mayor obra maestra imaginable, pues, en relación con sus lectores, un diccionario es absolutamente pasivo y puede leerse legítimamente de infinitas maneras." Esto nos ocurre en muchas ocasiones, uno entra en un diccionario y no sabe por dónde va a salir ni de qué manera. Hoy nos ha ocurrido con la voz gurrumino que en el diccionario de la RAE tiene varias acepciones a cual más despreciativa, 1: Ruin, desmedrado, mezquino 2: Cobarde, pusilánime y la 5 y para nosotros más interesante: Hombre que tiene contemplación excesiva con la mujer propia. Como veis, sólo se puede aplicar al género masculino –la mujer no peca de gurrumina- y por supuesto sólo se aplica a la santa, que con amantes y desvaríos, uno puede contemplar hasta el arrobo sin que la academia te incluya en semejante saco de malparidos. Como ínclito ejemplo de gurruminos patrios incluimos la descripción que hace Galdós de Maximiliano Rubín, boticario y esposo cesante de Fortunata en “Fortunata y Jacinta”: Era de cuerpo pequeño y no bien conformado, tan endeble que parecía que se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo. Cuando estaban juntos él y su hermano Nicolás, a cualquiera que les viese se le ocurriría proponer al segundo que otorgase al primero los pelos que le sobraban. Nicolás se había llevado todo el cabello de la familia, y por esta usurpación pilosa, la cabeza de Maximiliano anunciaba que tendría calva antes de los treinta años. Su piel era lustrosa, fina, cutis de niño con transparencias de mujer desmedrada y clorótica. Tenía el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no sólo fealdad sino obstrucciones de respiración nasal, que eran sin duda la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura había salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijéramos, donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le molestaran nunca; ¡pero si tenía el pobrecito cada dolor de muelas que le hacía poner el grito más allá del Cielo! Padecía también de corizas y las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crónico, con la pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea, demonios o no sé qué. Dígase lo que se quiera, Rubín no tenía ilusión ninguna con la Farmacia. Mas no estaba vacía de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan desfavorecido por la Naturaleza que física y moralmente parecía hecho de sobras. A los dos o tres años de carrera, aquel molusco empezó a sentir vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empezó a entrever las fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Vivía doña Lupe en aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban Pajaritos. Maximiliano veía desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de Serrano; y no hay idea de la admiración que le causaban aquellos jóvenes, ni del arrobamiento que le producía la franja azul en el pantalón, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el cuello, y la espada... ¡tan chicos algunos y ya con espada! Algunas noches, Maximiliano soñaba que tenía su tizona, bigote y uniforme, y hablaba dormido. Despierto deliraba también, figurándose haber crecido una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan caído para adelante, imaginándose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el pelo y que se le ponía un empaque marcial como el del más pintado. ¡Qué suerte tan negra! Si él no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran puesto a estudiar aquella carrera, ¡cuánto se habría aplicado! Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habría salido el talento, como se saca lumbre a la madera frotándola mucho. La convergencia adaptativa es el fenómeno mediante el cual animales de muy distinto rango taxonómico, presentan estructuras análogas con el fin de responder a los mismos problemas. Se enseñan como ejemplos de convergencia adaptativa las alas de los murciélagos comparadas con las alas de los pájaros. O bien las aletas de los mamíferos marinos comparadas con las de los peces. Un mismo problema, una solución similar pese a ser seres completamente distintos. Algo parecido parece ocurrir al menos a nuestros oidos profanos cuando escuchamos estos dos videos de músicos procedentes de campos completamente distintos: Berio "Sequenza III" John Zorn "Litany IV for Heliogabalus" interpretada por MikePatton. Tanto Berio como Zorn, trabajan el ruido como expresión artística, buscan extraer el significado al borde mismo del caos, como dice Eco: Entre el ofrecimiento de una pluraridad de mundos formales y el ofrecimiento de un caos indiferenciado, desprovisto de cualquier posibilidad de placer estético, el paso es breve: sólo una dialéctica pendular puede salvar al compositor de una obra abierta. En palabras de Apollinaire es la lucha continua de l’ordre et de l’aventure. Son músicas a las que se les podría aplicar un mismo encuadre formal pero que piden del oyente una actitud absolutamente distinta: en el caso de Berio el recogimiento y la actitud cuasi religiosa de una sala de conciertos y en el de Mike Patton el griterio, el humo yla atmosfera electrizante de un concierto de rock; en grupos humanos también antagónicos. Le glaïeul fauve, avec les cygnes au col fin, S. Mallarmé Ma femme aux fesses de printemps A. Bretón ¿Que deducir? Invitar a los dioses arruina las relaciones con ellos, pero pone en marcha la historia. Una vida en que los dioses no son invitados no vale la pena ser vivida. Será más tranquila, pero sin historia. Y cabe pensar que esa peligrosa invitación ha sido en cada ocasión urdida por los propios dioses, que se aburren de los hombres que no tienen historia. Calasso. Cadmo no usa la espada sino la flauta para vencer a Tifeo, lo encanta con su melodía y consigue que le haga donación de los tendones de Zeus que yace como un saco informe en el fondo de una gruta; le dice que los necesita para hacer un harpa. Mientras los olímpicos en desbandada furiosa han huido, sólo Cadmo auxilia a Zeus,luego llegará la donación de la doncella Harmonía, la fundación de Tebas y su boda. Es al final de su vida cuando se exilian a Iliria, Calasso lo relata: El día de sus nupcias, jóvenes y resplandecientes, Cadmo y Harmonía se habían mostrado de pie sobre un carro tirado por un león y un jabalí.-y nadie se extrañó ¿acaso Harmonía no significaba uncir lo contrario y lo salvaje? - Esta vez los dos ancianos expulsados de su casa habían subido a un carro arrastrado por dos simples bueyes y cargado de recuerdos. Cuando el carro se puso en marcha, los cuerpos de Cadmo y Harmonía se juntaron y los tebanos vieron las espaldas de los esposos anudarse en las escamas de una única serpiente, Cadmo y Harmonía se alejaban, serpientes enlazadas por abajo, con la cabeza erguida. Así siguen apareciendo en una piedra que señala su tumba, "a la orilla de la negra garganta del rio de Iliria". Iliria es una de esas palabras que te disparan la imaginación y te llevan la fantasía hacia lugares desconocidos. Ha sido como un mapa en blanco que se ha ido rellenando de pinceladas de color muy lentamente. Primero fue en el lejano bachiller como adjetivo dedicado a algunas industrias o culturas:Cerámica ilírica p.e. , luego vuelve a aparecer en relación con las plantas; lo encontramos en un puñado, pero ahora recordamos Gladiolus illyricus que resulta ser una airosa invasora de los trigales de color púrpura. Es curioso como uno reconoce al clasificar lo que ha visto desde la infancia, lo singulariza. Y como ya hemos hablado en otras ocasiones, que hayan pertenecido al mundo clásico hierbas tan comunes para nosotros, siempre es una fuente de asombro. En este caso el nombre genérico–Gladiolus, te remite a un diminutivo de la espada romana –gladius- probablemente por la forma de sus hojas y luego sabemos que se entregaba en señal de victoria a los gladiadores; el específico illiricus, nos llenaba de extrañeza, nuestros conocimientos no llegan para saber en qué viajes se embarcó el botánico Koch para recolectar el primer espécimen. Lo que no sabemos intentamos rellenarlo de literatura, así leemos que Ilirio, el antecesor mítico de los ilirios, era hijo de Cadmo y de Harmonía y de ahí al libro de Roberto Calasso Las bodas de Cadmo y Harmonía, en él se relata la historia de Cadmo, hermano de Europa, que tras su rapto por Zeus parte desde Fenicia hasta Grecia en su busca y en el camino se trae el alfabeto como regalo. Por el camino tiene tiempo de salvar al bueno de Zeus que, en el curso de una de sus correrías eróticas, había quedado a merced del gigante Tifeo…. Los dejamos llorando tan a gusto. H. canturrea Winterreise, a V. le recuerda al personaje de “La montaña Mágica” Hans Castorp, que termina la novela arrastrándose por el campo de batalla mientras canta sin darse cuenta: Sus ramas murmuraban, Como llamándome.. Les consuela la posibilidad de una esperanza, pero V. recuerda un tango tristísimo: “El último organito” El último organito irá de puerta en puerta H. dice que las estrofas de Homero Manzi son a las de Müller como un Giacometti a un Botero y ambos ríen, pero V. le hace ver la demoledora metáfora moler tangos por la que cualquiera de los dos hubiera dado un brazo. Siguen hablando sobre cómo coexisten tristeza y alegría igual que los aromas de azahar y de estiércol maduro en un huerto en primavera y comentan que en el ensayo de Vargas Llosa “La orgía perpetua” sobre Madame Bovary se describen muy bien las paradójicas relaciones entre la tristeza de algunos textos y la satisfacción que nos proporcionan. Hablando de la terrible muerte por envenenamiento de la pobre Emma dice: "Son páginas de una asombrosa sabiduría narrativa y de una terrible crueldad que me han proporcionado simultáneamente sufrimiento y placer, que han colmado mi sensiblería y mi sadismo literarios en cien ocasiones", "Cada noche, para ayudarme, entraba al desierto castillo de la Huchette y era humillada por Rodolphe; salía al campo donde el dolor y la impotencia la acercaban un instante a la locura; se deslizaba como un duende en la farmacia de Homais, y allí, Justin, la inocencia convertida en secuaz de la muerte , la miraba tragar el arsénico en la penumbra del capharnaüm; volvía a su casa y padecía el indecible calvario: el sabor a tinta, la náusea, el frío en los pies, sus estremecimientos, los dedos incrustados en las sábanas, el sudor de su frente, el castañeteo de sus dientes, el extravío de sus ojos , los aullidos, las convulsiones, el vómito de sangre, la lengua que escupe su boca, el estertor final. Cada vez, a la tristeza y a la melancolía se mezclaba una curiosa sensación de sosiego y la consecuencia de la lacerante ceremonia eran para mí la admiración, el entusiasmo: Emma se mataba para que yo viviera.” Hace una tarde gris y ventosa que azota sus harapos y les hace refugiarse en la covacha. V y H tiritan, se miran y la tristeza les cubre como una sombra. No quieren dejarse llevar por el desánimo, buscan el calor y la alegría en la música, pero H comienza a cantar y su voz quebrada entona el último lied de “Viaje de invierno” de Schubert; las estrofas de “el organillero” se desgranan con lenta y mecánica cadencia: Allí bajo la ciudad Descalzo sobre el hielo Nadie quiere oírle, Y él deja que todo ocurra Viejo extraordinario, Las notas en la desesperanzada tonalidad de La menor traen a V. la evocación de un paisaje helado por el que un viajero camina con dificultad contra la ventisca y la nieve acumulada, y a un lado de la calle desierta un viejo tirita mientras gira la manivela de su desvencijado organillo, y hasta le parece escuchar la paralizada armonía de las notas del piano. Pero la canción, escenificación de la tristeza sin límites, tiene una virtud balsámica sobre su melancolía; comentan con ánimo más risueño la figura del viejo como heraldo de la muerte en su repetición sin sentido y sin esperanza, ve el viajero su otro yo, una especie de doble “doppelgänger” desolado. Se enzarzan en una animada disputa sobre si el viejo tocaba zanfona u organillo, recuerdan que Schubert lo compuso en los últimos días de su vida, invadido por la enfermedad y H trae a cuento el poema de Angel González: canción para cantar una canción Esa música... Insiste, hace daño en el alma Viene tal vez de un tiempo remoto, de una época imposible perdida para siempre. Sobrepasa los límites de la música. Tiene materia, aroma, es como polvo de algo indefinible, de un recuerdo que nunca se ha vivido, de una vaga esperanza irrealizable. Se llama simplemente: canción. Pero no es sólo eso. Es también la tristeza. Con la idea de hacernos más fácil el retorno al trabajo después de esta semana peculiar -ya sea penitencial o vacacional-. Hemos pensado traeros otra pasión, la de este actor argentino que trabajaba a sus 21 años en la compañía del Royal Opera House cuando le ofrecieron posar para el cartel promocional de la obra que estaban representando, "Rigoletto" de Verdi, con la particularidad de que era desnudo y reclinado sobre otra actriz en actitud vagamente parecida a una piedad con su hijo. Por supuesto, ya hay demanda judicial y publicidad abundante, -es curioso que los periódicos hablan de disminución del pene, no de la imagen del mismo- pero lo que nosotros nos preguntamos si tanto sufrimiento no habrá sido una especie de impregnación u ósmosis desde Rigoletto, el desgraciado bufón hacia el actor –aunque sea figurante- y lo que le habrá hecho gritar ¡Vendetta, tremenda vendetta! o la famosa maledizione con que termina la obra. Hoy mi compañero deja que mi voz de júbilo retenida desde el pasado domingo se eleve por encima de su moderado optimismo, pero es que yo vivo en un rancho con boina de la que se ha caído el pitorro. Aquí dejo mi júbilo plasmado en una de las canciones que me acompañan en momentos como este, el Allelujah de Leonard Cohen en la versión que de él hizo el malogrado Jeff Buckley, mi favorita junto a la de John Cale, pero el bueno de Jeff la relacionaba con un orgasmo, y es viernes. |