
"...y al otro Santa Catalina de Siena y San Segismundo, como si estuvieran asomados de medio cuerpo en sendos balcones: Ese, San Segismundo, era mi padre. ¡Claro que era! Mi padre pintado en 1506, un lustro y un año antes de que mi venida al mundo le causara tan colérica decepción...Pero aunque inmediatamente lo reconocí, ¡qué apartada, qué opuesta resultaba esta imagen de aquella, escondida hasta entonces en mi memoria, que yo recuperé al punto, cuando comparé el retrato de Lorenzo Lotto con el que afloraba por fin, intacto, nítido, de la bruma de mis recuerdos!"
Y Múgica se hace cruel y tierno duque renacentista, y Orsini bonaerense. En una espiral de metempsicosis mutua, la prosa manierista del argentino, en una suerte de transubstanciación encarna la piedra leonada de líquenes, fluye como un torrente andino rebalsado en un estanque bordeado de deidades helenas y la selva tropical cede sus penumbras a la gruta orlada de hiedras y acantos.
Monstruos fingidos y benignos, objetos protectores (apotropaicos), frente a la víbora insidiosa de la muerte.
Eiusdem puero (III, XIX)
Proxima centenis ostenditur ursa columnis,
exornant fictae qua platanona ferae.
Huius dum patulos adludens temptat hiatus
pulcher Hylas, teneram mersit in ora manum :
vipera sed caeco scelerata latebat in aere
vivebatque anima deteriore fera.
Non sensit puer esse dolos, nisi dente recepto
dum perit. O facinus, falsa quod ursa fuit !
Marcial (Epitafio)
“Seguramente hay en ambas imágenes, en la de mi padre y en la mía mucho de Lorenzo Lotto, de lo que él era, encubría y combatía y sólo se manifestaba en su pintura, pero los dos Orsini le brindamos, a un cuarto de siglo de distancia, con nuestras esencias oscuras, afines con la complejidad de su propia esencia, la ocasión anhelada de expresarse y confesarse, expresándonos y confesándonos.
Cuando estuvo terminada la obra, me contemplé en su pálida y morada tersura, como en un espejo. A la izquierda, Lotto ubicó una ventana que abre a la luminosa lejanía del mar, y que promete, en el encierro desordenado del estudio, tan denso de claves furtivas, una esperanza de calma luz, Y me reconocí plenamente en la conmovedora figura, en su máscara de encendido alabastro. Así era yo, de triste, de extraño, de indeciso, de soñador, de turbio y de añorante. Un príncipe intelectual, un hombre de esa época, poco menos que arquetípico, situado entre la Edad Media mística y el Hoy ahito de materia; simultáneamente preocupado por las cosas de la tierra lasciva y por las de un más allá problemático; blando y fuerte, ambicioso y vacilante, dueño de la elegancia que no se aprende y de aquella que enseñan los textos; deshojador de rosas mustias, amigo del lagarto lujurioso y de la salamandra inmortal. La giba, la carga bestial, doloroso, no está presente en el lienzo pero pesa sobre él -—y he ahí una de las maravillas del arte de Lotto—, pesa sobre él, invisible, sobre su donosura espiritual, sobre su atmósfera metafísica.”