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De Vere y Herri Gardens

ESCRITO EN LA ARENA

ESCRITO EN LA ARENA

                     V había estado dormitando bajo una roca en esas horas de inclemente sol, cuando salió,  H se encontraba en la playa, agachado, al acercarse vio como éste estaba escribiendo en la arena con una rama, había puesto una fila de palabras; V sabía como iba a continuar aquello, H seguiría escribiendo otra fila de palabras bajo la anterior, y bajo esta, otra...

Se quedó tras él, abandonado en los recuerdos de este juego al que a veces recurrían en los ratos libres que la navegación les regalaba. Mentalmente fue reconociendo las columnas de palabras, Sustantivos, Adjetivos, Verbos, Adverbios, Sustantivos, Preposiciones+Sustantivos.

                     Al terminar, H se giró, sonriendo le hizo un gesto a V, éste ya estaba eligiendo mentalmente las palabras con las que formar un simple y libre verso; más adelante intentarían crear con ellas algún poema.

EL GABAN DE MAIRENA

EL GABAN DE MAIRENA

                     De vuelta de  una de las expediciones de exploración que periódicamente realizaban por la isla, descienden a trompicones los náufragos por un áspero sendero que baja desde un picacho en la parte norte de la isla donde han estado oteando sus desiertos dominios. Pronto el paisaje cambia y entre las rocas, aparece una vegetación rica en helechos y equisetos gigantes que los cubre y hace difícil avanzar, se paran en un claro tapizado de hierba y sacan algunas provisiones, el ambiente es fresco y una fina neblina cubre el paisaje. H. se estremece y comenta que vendría bien algún abrigo, V. que está distraído con alguna sabandija, lo mira y dice: recuerdo algún gabán como el de Juan de Mairena.., H. asiente con resignación y se dispone a escuchar.   

             

                      “Juan de Mairena usaba en los días más crudos del invierno un gabán bastante ramplón, que solía llamar la venganza catalana, porque era de esa tela, fabricada en Cataluña, que pesa mucho y abriga poco. La especialidad de este abrigo –decía Mairena a sus alumnos- consiste en que, cuando alguna vez se le cepilla para quitarle el polvo, le sale más polvo del que se le quita, ya porque sea su paño naturalmente ávido de materias terrosas y las haya absorbido en demasía, ya porque estas se encuentren originariamente complicadas con el tejido. Acaso también porque no sea yo ningún maestro en el manejo del cepillo. Lo cierto es que yo he meditado mucho sobre el problema de la conservación y aseo de este gabán y de otros semejantes, hasta imaginar una máquina extractora de polvo, mixta de cepillo y cantárida, que aplicar a los paños. Mi aparato fracasó lamentablemente por lo que suelen fracasar los inventos para remediar las cosas decididamente mal hechas: porque la adquisición de otras de mejor calidad es siempre de menor coste que los tales inventos. Además –todo hay que decirlo- mi aparato extractor extraía, en efecto, el polvo de la tela; pero la destruía al mismo tiempo, la hacía –literalmente- polvo.                         

                   Pero voy a lo que iba, señores. Con este gabán que uso y padezco alegorizo yo algo de lo que llamamos cultura, que a muchos pesa más que abriga y que, no obstante, celosamente quisiéramos defender de quienes, porque andan a cuerpo de ella, pensamos que pretenden arrebatárnosla. ¡Bah! Por mi parte, en cuanto poseedor de semejante indumento, no temo el atraco que me despoje de él, ni pienso que nadie me dispute el privilegio de usarlo hasta el fin de mis días.”

IL GABINETTO SEGRETO

IL GABINETTO SEGRETO

                                     En las ruinas de Herculano, entre las cenizas del gigante Vesubio, fue encontrado este grupo, verdaderamente notable por el ardiente dramatismo, por la palpitación de vida que se observa en sus formas. ¿Quién no se siente poseído de admiración hacia el artista anónimo que supo dar al sátiro, y sobre todo a la lúbrica cabra, tal expresión de inflamada lujuria?

                                     Los abyectos goces de la bestialidad no fueron nunca raros, especialmente en la antigüedad oriental y clásica. Cuenta Herodoto que en su tiempo, en el nomo mendesio, cierta mujer egipcia se entregó públicamente a las caricias de un macho cabrío. Pero seguramente el Egipto de entonces disculparía este exceso, porque creía que Pan se presentaba con frecuencia bajo la forma de dicho animal; éste y el dios tienen el mismo nombre (Mendes)  en la lengua egipcia.

                                    Célebres son los amores de Pasifae con el toro de Creta, y es fama que Semíramis se entregaba al ardor de un rijoso caballo. Aristón  de Efeso gozaba con las plácidas asnas y Fluvio, que picaba más alto, con las briosas yeguas. Y aun fue más singular el caso del famoso orador Hortensio, que amó ciegamente a una lamprea, y, muerta, la lloró largos días y hasta vistió luto por ella.

                                    Plutarco escribió: “En diversos lugares, la lujuria humana desbórdase a la manera de un torrente e incurre en las más lamentables vergüenzas y en los descarríos más absurdos, ultrajando a la naturaleza con los delirios del bestial amor; porque de muchos hombres se sabe que han gozado con cabras, con cerdas y con yeguas.”

LAS ENCANTADAS. LOS PAJAROS ( IV )

                         El siguiente capítulo que recordamos de LAS ENCANTADAS, se titula  “La roca redonda”  describe una enorme pajarera poblada de alados seres de pesadilla que más parecen cubiertos de membranas y escamas reptilianas que de leve plumaje. A veces, cuando recogíamos huevos en los acantilados, lo hemos recordado no sin aprensión – ¿Y si los pájaros, de suyo tan dóciles, se volvieran contra nosotros?

                       

                         Melville describe la roca y la infernal algarabía de los pájaros que la habitan. El texto es largo pero hemos querido mantener íntegra la parte correspondiente a la descripción de pingüinos y pelícanos, pues es la que recordamos con mayor regocijo:

“Todo hubiera resultado fascinadoramente tranquilo, de no haber sido por el endemoniado estrépito originado por los pájaros. No sólo susurraban en los aleros sino que también volaban en lo alto en densas bandadas, desplegándose en un dosel alado en constante movimiento. La atalaya es el refugio y el centro de reunión de todas las aves acuáticas que alientan en cientos de leguas a la redonda. Al norte, al este y a el oeste, sólo el eterno océano se extiende e impera; de modo que el  belicoso halcón, cual buque de guerra procedente de las costas de América del Norte, Polinesia o Perú, toca tierra por primera vez en Roca Redonda. Y sin embargo, por más que Roca Redonda sea tierra firme, ningún pájaro de tierra adentro se posó jamás en ella. ¡Imaginad un petirrojo o un canario allí, qué presa en las garras de los filisteos si la modesta curruca fuese asaltada por esas densas bandadas de aves, provistas de largos picos tan crueles como puñales! No conozco un lugar mejor que Roca Redonda para estudiar la historia natural de exóticas aves marinas: Realmente es la pajarera del océano. Aquí se posan pájaros que jamás tocaron un mástil o un árbol; pájaros-ermitaños que siempre vuelan solos; pájaros-nubes que se remontan a zonas de aire jamás traspasadas.

                        Echemos primero una ojeada a la más baja de las cornisas, que es a su vez la más ancha, y que no es sino un pequeño espacio distante de la línea de la marea alta. ¿Qué seres estrafalarios son estos? Erguidos como hombres, apenas simétricos, ciñen la roca cual cariátides esculpidas sosteniendo la vecina hilera de los aleros superiores. Sus cuerpos están grotescamente contrahechos; sus picos, cortos; sus pies al parecer no tienen piernas; en tanto que los miembros de ambos costados, no son ni aleta, ni ala, ni brazo. Y es que, verdaderamente, el pingüino no es ni pez, ni carne, ni ave; como comestible, no se aviene ni con el carnaval ni con la cuaresma, siendo, sin parangón, la más ambigua y la menos hermosa criatura hasta ahora descubierta por el hombre. Pues, aunque chapotea en los tres elementos y tiene derechos rudimentarios en todos ellos, en ninguno se encuentra a sus anchas. En tierra, renquea; cuando nada, boga; si vuela, se cae. Parece como si la naturaleza se hubiese avergonzado de su propio fracaso y quisiera mantenerlo alejado de los confines de la tierra, en el estrecho de Magallanes y en la humillante historia acuática de Roca Redonda.Pero, observen: ¿Qué son aquellos abatidos ejércitos que reposan sobre la cornisa superior vecina?, ¿qué soldadesca de extrañas aves es ésa?, ¿Quiénes son estos grises monjes del mar? Pelícanos. Sus picos alargados y las pesadas bolsas que cuelgan de ellos les prestan un aspecto sumamente lúgubre. De raza meditabunda, permanecen horas congregados sin moverse. Su plumaje sombrío y ceniciento les comunica un aspecto como si hubiesen sido espolvoreados con cenizas. Es realmente un ave que hace penitencia y resulta pintiparado para las playas cubiertas de lava de las Encantadas, en las que el propio Job bien podría haberse sentado y rascado con una teja.”

LAS MANZANAS DE SODOMA

                    

                   “Las manzanas de Sodoma”. Así llama Melville a Las Encantadas, lugares donde la cólera divina se ha ejercido convirtiéndolas en un montón de cenizas. “Fijas, fundidas, pegadas fuertemente al mismo cuerpo de la cadavérica muerte” Tierra baldía, huerto de escorias y desolación. Y sobre ese desierto se ejerce el encanto, en el sentido de hechizo, que se personaliza en las tortugas que dieron el nombre a las islas.

 “La mayoría de los marinos abriga una vieja superstición tan grotesca como espantosa. Creen seriamente que todos los oficiales malvados, y en especial los comodoros y capitanes, se transforman al morir  (y en algunos casos, antes de ello) en tortugas;  y moran en adelante sobre estas ardientes arideces como únicos señores solitarios de las escorias…”  

“Parecían recién arrancadas de debajo de los cimientos del mundo. Además, se parecían a las mismas tortugas sobre cuyos lomos asentaron los hindúes los cimientos de la esfera terrestre…Que estas tortugas son víctima de algún castigo o de algún endiablado encantador que les impone el suplicio, me parece algo muy probable. Y si uno observa la extraña pasión de su esfuerzo desesperado que tan a menudo las posee, nada queda más claro…”

“Después imaginé a  aquellos tres monstruos enderezándose siglo tras siglo, retorciéndose a través de las sombras, oscuros como hombres de forja, arrastrándose tan lenta y pesadamente que no sólo crecían hongos bajo sus patas, sino que también brotaba sobre sus lomos un musgo fuliginoso.”

“A menudo en ambientes de regocijo colectivo, especialmente en fiestas dadas en las viejas mansiones a la luz de los candelabros, las sombras arrojadas hasta los más apartados rincones de una espaciosa sala cobran la apariencia de embrujados y solitarios bosques. Y he llamado la atención de mis compañeros de fiesta a causa de mi mirada fija y mi súbito cambio de semblante al creer ver cómo surgía lentamente de esas soledades imaginadas y cómo se arrastraba torpemente por el piso el fantasma de una tortuga gigante con la leyenda “Memento” escrita con letras ardientes sobre el lomo.”

                        La posibilidad espantosa de que nuestros zarandeados espíritus se encarnen después de nuestra muerte (o antes de ella como le ocurrió a un conocido político quelonio allá en nuestro lejano país) nos hace pensar, que lo que para Melville era la imagen misma del castigo eterno más atroz, en otras culturas podría ser la imagen de la serenidad y la ausencia de pasiones; nosotros dudamos y, en todo caso, tenemos claro que lo peor que le puede ocurrir a una de esas seculares tortugas es toparse con humanos, y que ya sean los bucaneros de Melville o los científicos del Beagle, iban acabar hechas sopa y en la mesa.

LAS ENCANTADAS ( I 1/2 )

                          “The Encantadas o The Enchanted Islands”  es un pequeño libro que Melville escribió hacia el final de su vida, es pues una obra de madurez que está realizada con los recuerdos de su vida de marino. La divide en diez “sketchs”, pequeños relatos, y cada uno lo comienza con un fragmento del poema  La reina de las hadas”,  un poema alegórico de Edmund  Spenser, escritor inglés del siglo XVI , a medio camino entre la edad media y el renacimiento.

 Olvidemos por unos días las pesadillas, es viernes y toca otra cosa; seguro que la resaca nos llevará de nuevo a las encantadas.

Ya acabada la Sixtina,

de Miguel Angel se cuenta

que, al ir a cobrar la renta

a la Caja papalina,

preguntó al Papa, entre airado,

orgulloso y engreido:

- De mi genio trascendido

el Hombre que yo he pintado

¿de qué será criticado?

Y el Papa dijo atrevido:

- De ... demasiado agachado,

pichicorto y aburrido

Aclaración: no es por presunción ninguna pues el poema es de un libro no editado de MANUEL BARRIOS, nosotros no entramos en cuestión de tamaños.

LAS ENCANTADAS ( I )

LAS ENCANTADAS ( I )

            

           La fogata iluminaba dramáticamente el pobre cobertizo, precario refugio de la tormenta tropical que azotaba la isla sin compasión; su luz se proyectaba con tonos rojizos sobre los enseres apilados de cualquier manera y sobre mi amigo, al que de pronto descubrí un perfil siniestro, casi demoníaco; con sus hirsutas guedejas grises revueltas por el viento y su aquilino perfil violentamente contrastado como en una película expresionista; una caterva de malos de película, seres ruines y depravados, pasaron en un segundo por mi cabeza. Agradecí a los cielos no tener que compartir ningún secreto y que no hubiera ningún arca herrumbrosa repleta de doblones y joyas manchadas de sangre.

           Con una carcajada le expuse mis temores y ambos reímos a placer. Mi aspecto no era menos inquietante –los meses de intemperie habían dejado su huella y de la bizarra apariencia de antaño no quedaba sino el recuerdo-. Juntos comenzamos a hablar sobre la arqueología de la metáfora de la isla en la que nos encontrábamos, y, el primero de sus constructores que nos vino a la cabeza fue el desdichado Herman Melville, uno de los más fecundos creadores de mitologías, del que Borges dijo: “tenía, como Coleridge, el hábito de la desesperación” y también que: “padeció rigores y soledades que serían la arcilla de los símbolos de sus alegorías”. En verdad era uno de nosotros, alguien que había naufragado en las Islas Marquesas y había vivido entre caníbales, que había sufrido y había creado.

           Educado en una estricta observancia calvinista, en una familia de origen aristocrático y adinerado, padeció la muerte de su padre en la niñez, las penurias  económicas y la marginación.  El creó unas islas que eran la metáfora del mal y la vileza, signo sobre la tierra de la caída del mundo en el pecado y las situó en un lugar en el que nuestro imaginario actual ha colocado el paraíso: Las Islas Galápagos.

FURTIVOS ( II )

                  

                    Habíamos llegado al parque de Cazorla al atardecer, unos amigos nos habían dado referencias de una familia que vivía en el mismo parque y que ocasionalmente hospedaba a conocidos. Nos presentamos, la señora nos acogió muy  amable y nos llevó a ver la habitación en la que habríamos de dormir -“aquí dormía la abuela que en gloria esté”- dijo. Se encontraba en la parte trasera de la casa, era una especie de corral  donde no había nada más que dos altos camastros con colchón de farfolla,  arca de madera,  jofaina y  aguamanil resquebrajado;  desconchadas paredes de cal que dejaban ver el modesto mortero y una pequeña ventana que daba al gallinero; el conjunto no desmerecía de la casa en la que vivían los propietarios. Cuando estábamos sentados a la mesa de la cocina llegó el hombre,  dejó la escopeta  colgada tras la puerta y quitándose la gorra nos extendió su callosa mano mientras nos sonreía. Durante la cena  nos dijo que por la mañana, no muy temprano, hacia las 7, nos prepararía unas gachas migas para desayunar, ya que si habíamos de caminar todo el día por la sierra nos sería necesario estar bien comidos. 

                   Ya de vuelta, al anochecer, encontramos en la casa un zagal, la señora lo presentó como su  hijo que venía a pasar el fin de semana, estaba estudiando interno en  un colegio del pueblo; -“es mal estudiante”- nos decía, e intentaba que le convenciéramos de lo importante que eran los estudios para poder ser alguien. El chico agachando la cabeza, entre avergonzado y temeroso murmuró: -“me da igual, yo ya me estoy preparando como padre”.  La madre le hizo callar. Al día siguiente fue el chaval quien nos preparó las gachas; mientras las comíamos junto a él no pudimos reprimir la pregunta, -“¿Qué es eso para lo que te estás preparando?”, y ya libre de la severa mirada  de su madre, con gesto orgulloso, nos dijo que su padre le estaba enseñando a ser el mejor furtivo de la zona, por lo que casi seguramente acabaría como él, siendo guarda del parque, que era lo que más le gustaba.

FURTIVOS ( I )

FURTIVOS  ( I )

               Atardece en Sierra Morena, el olor a primavera lo impregna todo, cálido y dulzón. Hemos bajado por un camino, a la sombra de los eucaliptos de repoblación y luego de encinas adornadas del verde claro de los brotes nuevos y del oro viejo de sus flores colgantes que aquí, con sugestiva y plástica imagen, llaman moco. Llegamos al embalse que, a esta hora, con los cerros reflejados en sus aguas, es una bella mortaja de los valles más fértiles, de quebradas y barrancos, de alisedas y saucedas, de manantiales de aguas ferruginosas y de parte de la historia de tanta gente de aquí. Llaman la atención, amarradas a peñones o a los troncos de los tarajes, unas barcuchas elementales, hechas de chapa o de tablas.

               Cuando, después del baño, ateridos y felices, ya casi de noche, nos preparamos para volver; se escucha en la distancia el chapoteo de los remos y se entrevé en el contraluz una barca deslizándose. Son los furtivos, que han salido de noche para que la amanecida los tuviera ya en los cotos de caza de la otra orilla, han matado si ha habido suerte una cierva, la han carneado y reservado los mejores trozos en el zurrón, y después de ocultar vísceras y huesos, han vuelto por los arroyos y barrancos abajo hasta la barca. Alguna vez nos cruzamos con ellos, con el olor a ládano del monte y el acre de la caza.

               Que siempre se ha cazado, que hace años eran bosques comunales, que está prohibido; y que antes, ha dado alguna tregua al hambre. Quien sabe. 

LA MAJA

LA MAJA

Cualquier parecido con islas próximas es una mera coincidencia

 

Dale que dale a la Maja,

el gran Francisco de Goya,

por demanda de su joya,

querría hacerse una alhaja;

pues que no es canco ni ñoño

y la Maja está imponente,

aunque con su inconveniente:

muy poco pelo en el moño.

 

Quizás sí haya algún parecido, pero aquí por ser mayores hay menos pelo.

Buen fin de semana. Salud y fraternidad

BOMARZO ( y III )

                  "...y al otro Santa Catalina de Siena y San Segismundo, como si estuvieran asomados de medio cuerpo en sendos balcones: Ese, San Segismundo, era mi padre. ¡Claro que era! Mi padre pintado en 1506, un lustro y un año antes de que mi venida al mundo le causara tan colérica decepción...Pero aunque inmediatamente lo reconocí, ¡qué apartada, qué opuesta resultaba esta imagen de aquella, escondida hasta entonces en mi memoria, que yo recuperé al punto, cuando comparé el retrato de Lorenzo Lotto con el que afloraba por fin, intacto, nítido, de la bruma de mis recuerdos!"                 

                   

                    Y Múgica se hace cruel y tierno duque  renacentista, y Orsini bonaerense. En una espiral de metempsicosis mutua, la prosa manierista del argentino, en una suerte de transubstanciación encarna la piedra leonada de líquenes, fluye como un torrente andino rebalsado en un estanque bordeado de deidades helenas y la selva tropical cede sus penumbras a la gruta orlada de hiedras y acantos.

                     Monstruos fingidos y benignos, objetos protectores (apotropaicos), frente a la víbora insidiosa de la muerte.

 

Eiusdem puero (III, XIX)

Proxima centenis ostenditur ursa columnis,

exornant fictae qua platanona ferae.

Huius dum patulos adludens temptat hiatus

pulcher Hylas, teneram mersit in ora manum :

vipera sed caeco scelerata latebat in aere

vivebatque anima deteriore fera.

Non sensit puer esse dolos, nisi dente recepto

dum perit. O facinus, falsa quod ursa fuit !

 

Marcial (Epitafio)

                  

                 “Seguramente hay en ambas imágenes, en la de mi padre y en la mía mucho de Lorenzo Lotto, de lo que él era, encubría y combatía y sólo se manifestaba en su pintura, pero los dos Orsini le brindamos, a un cuarto de siglo de distancia,  con nuestras esencias oscuras, afines con la complejidad de su propia esencia, la ocasión anhelada de expresarse y confesarse, expresándonos y confesándonos.                

                  Cuando estuvo terminada la obra, me contemplé en su pálida y morada tersura, como en un espejo. A la izquier­da, Lotto ubicó una ventana que abre a la luminosa le­janía del mar, y que promete, en el encierro desordenado del estudio, tan denso de claves furtivas, una esperanza de calma luz, Y me reconocí plenamente en la conmo­vedora figura, en su máscara de encendido alabastro. Así era yo, de triste, de extraño, de indeciso, de soñador, de turbio y de añorante. Un príncipe intelectual, un hombre de esa época, poco menos que arquetípico, situado entre la Edad Media mística y el Hoy ahito de materia; simul­táneamente preocupado por las cosas de la tierra lasciva y por las de un más allá problemático; blando y fuerte, am­bicioso y vacilante, dueño de la elegancia que no se apren­de y de aquella que enseñan los textos; deshojador de ro­sas mustias, amigo del lagarto lujurioso y de la salamandra inmortal. La giba, la carga bestial, doloroso, no está pre­sente en el lienzo pero pesa sobre él -—y he ahí una de las maravillas del arte de Lotto—, pesa sobre él, invisible, sobre su donosura espiritual, sobre su atmósfera metafísica.”

 

BOMARZO ( II )

              Bomarzo fue en principio esquivo para Múgica Laínez; cuando llegó a Italia nadie sabía darle razón de donde se encontraba ese antiguo Palacio, bien podría haber pensado que, el artículo que sobre él leyó en un diario de Buenos Aires, hubiera sido una invención borgiana, pero algo le llamaba, lo encontró y según iba recorriendo el jardín, acompañado de  dos amigos, sentía una sensación de “déjà vu” como nunca antes había tenido:

              Allá, les decía, “detrás de aquel macizo de plantas, vamos a encontrar un elefante de piedra y, al fondo, la sirena”, y así era.

              En ese momento sintió que algo le unía a ese enmarañado y boscoso  jardín, que en efecto era borgiano, que desde el siglo XVI, éste laberinto le estaba esperando, construido por Pier Francesco Orsini  como una tela de araña a él destinada para hacerle vivir de nuevo; en ese momento M. Múgica Laínez ve  su nueva obra, una obra sobre el renacimiento italiano escrita desde el Buenos Aires del siglo XX., narrada a través de la vida de un casi desconocido príncipe italiano.

 

 La inquietud de cazador que me agitaba en pos del arcano de la muerte; la pasión del arte y de la poesía; la idea de la vanidad de lo perecedero; la idea de posesión y de secreto que implican las llaves; la de sortilegio y sensualidad que brota de la lagartija, a la que Paracelso llamó salamandra, se enlazan como una ronda mágica alrededor de ese joven descarnado y pálido, vestido de un color violáceo profundo, cuya fisonomía rara y bella, que emerge del blancor de la camisa y cuyas trémulas manos, que surgen de la nieve de los puños, fueron las mías. De la joroba nada se ve. Como el compasivo -¿o cortesano?- Mantenga, cuando pintó a los gibosos Gonzaga en el fresco mantuano de la cámara de los esposos,  la ha suprimido. En mi caso, se funde en la sombra. Yo era esos ojos pardos, ese pelo castaño, lacio, partido, recogido detrás de las orejas, esas cejas finísimas, esos pómulos acusados, esos labios rojos, apretados pero hambrientos, ese agudo mentón, esas inteligentes, delicadas manos desnudas, esa intensidad, esa reserva, ese orgullo, ese poder oculto y latente, esa llama fría, esa equívoca, imprecisable violencia que se presiente en el hielo de la soledad  aristocrática, y esa ternura también, desesperada. En la galería de los desesperados de Lotto, no me gana ninguno. Había que ser como él, un melancólico y un ambiguo para captarme así, para así con sus pinceles, como sin duda aprisionó a mi padre.

 

BOMARZO ( I )

         

         

             Yendo al raque por las playas de nuestras islas literarias hemos vislumbrado la enorme boca de un orco abierta a esa obra maestra de Manuel Múgica Lainez.

          Cuando fuimos a contemplar las ruinas de Bomarzo el guardián nos habló de un extraño escritor sudamericano que un día llegó allí, se instaló en aquel palacete y residió durante semanas y semanas en él; el enigmático hombre, según él, descendía todas las mañanas y en una libreta apuntaba sin descanso en letra menuda todo lo que aquellas corrompidas piedras le pronunciaban: Algo así como un Moisés poseído por el Verbo divino en las alturas sinaíticas. Nosotros sabíamos que M. Múgica Lainez apenas había permanecido unas horas en Bomarzo.

           Esta semana celebramos San Manuel M.L.

 

“Durante veinte sesiones, que se realizaron en el palacio Emo, tomó cuerpo en la tela el retrato destinado a ser tan famoso. El artista compuso una parte importante del trabajo –cuanto concierne a los elementos que rodean a la figura- sin mi presencia. Esos elementos alcanzan una jerarquía fundamental en el cuadro, y son característicos del gusto de Lotto por los símbolos. La lagartija que hay en la mesa, sobre el chal azul –la lagartija sexual de Paracelso, que el pintor descubrió en mi cámara del palacio -,el manojo de llaves, las literarias plumas, los pétalos de rosa esparcidos junto al libro que ojeo, y, detrás, en el mismo plano donde se advierte mi gorra con la medalla de Cellini, esas alegorías inesperadas: el cuerno de caza y el pájaro muerto, fraternizan en la obra de Lotto con los objetos misteriosos – la áurea garra, la lámpara, el minúscula cráneo, las marchitas flores, el ramillete de jazmines y las alhajas- que aparecen en otras efigies suyas. Lorenzo procedía así, por alusiones, por cifras, por incógnitas. En torno de cada imagen suscitaba un mundo enigmático, sugerido. Y eso se ve, más que en ningún retrato, en el que me pintó.”

RAQUEROS

RAQUEROS

                 

                 

                   Son casas bajas, de uno o dos pisos, de sillares blanqueados,  bien alineadas en la ancha calle del pueblo, uno de esos pueblos de colonización que se fundaran en la época de Carlos III con el muy ilustrado interés de habitar una zona despoblada, salvaje e insegura para las diligencias y los arrieros, que con sus recuas intentaban pasar Sierra Morena camino de Sevilla. Al pasar dentro de la casa, después del calor coreado de chicharras y apenas mitigado por las sombras de los eucaliptos de la acera, la fresca penumbra del interior es un placer. Entras directamente en la habitación donde pasan el día y hasta hace poco cocinaban; hay una chimenea grande con toscos adornos de yeso. En las paredes, todavía cuelgan los retratos agobiados en sus trajes de domingo de los abuelos, pero ya hay una enorme televisión presidiendo y a las sillas de anea se han sumado sofá y sillones de escay. Es una casa de labor y entre los aperos, nos sorprenden unas grandes bateas, preguntamos extrañados y nos responden, un poco azorados, que es para recoger “lo de la carretera”. Así nos enteramos de que cuando vuelcan los camiones en las curvas de Despeñaperros, los vecinos de las aldeas de alrededor, van a recoger los restos, ya sean de frutas, verduras de Almería, zapatos, etc. que luego aparecen por los mercadillos de la zona.

             Nos dimos cuenta de que la costumbre de los pueblos costeros de ir al raque, tan común tanto en  Escocia como en la gallega A Costa da Morte, en cierta manera,  pervivía en la Andalucía interior.

             Recordábamos el tema recurrente en Stevenson de los “wreckers”, raqueros, que para él tiene, por un lado, la fascinación de lo que está al margen de la ley, y por otro, está muy ligado a la historia de su familia –constructores de faros y odiados por estas personas.

A GAROTA DE IPANEMA

A GAROTA DE IPANEMA

             Este atardecer en la arena nuestras manos crean lo que nos falta; como buenos robinsones, nos alejamos lo justo, tomamos asiento a la sombra y admirándola jugamos a ser Tom y Vinicius en el bar Veloso.

 

«Seu nome é Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto, mas todos a chamam de Helô. Há três anos atrás lá passava, ali no cruzamento de Montenegro e Prudente de Morais, em demanda da praia, e nós a achávamos demais. Do nosso posto de observação, no Veloso, enxugando a nossa cervejinha, Tom e eu emudecíamos à sua vinda maravilhosa. O ar ficava mais volátil como para facilitar-lhe o divino balanço do andar. E lá ia ela toda linda, a garota de Ipanema, desenvolvendo no percurso a geometria espacial do seu balanceio quase samba, e cuja fórmula teria escapado ao próprio Einstein; seria preciso um António Carlos Jobim para pedir ao piano, em grande e religiosa intimidade, a revelação do seu segredo. »
Vinicius de Moraes

  Olha que coisa mais linda
Mais cheia de graça
É ela menina
Que vem e que passa
Num doce balanço, a caminho do mar


Moça do corpo dourado
Do sol de Ipanema
O seu balançado é mais que um poema
É a coisa mais linda que eu já vi passar


Ah, por que estou tão sozinho?
Ah, por que tudo é tão triste?
Ah, a beleza que existe
A beleza que não é só minha
Que também passa sozinha


Ah, se ela soubesse
Que quando ela passa
O mundo sorrindo se enche de graça
E fica mais lindo
Por causa do amor

(A.C. Jobim , Vinícius de Moraes)

Nosotros hemos elegido la versión de Stan Getz y Joao Gilberto, cada cual puede poner la que más le guste.

Una especie de introducción a La Isla del Tesoro

Una especie de introducción a La Isla del Tesoro

                  Comenzar con un párrafo de “La infancia recuperada” de Savater:

La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo épico, las sombras de la violencia y lo macabro con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera –que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta- con la sutil complejidad de la primera y decisiva elección moral, en una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado es la ISLA DEL TESORO.

 

                    En el prólogo aparece el poema, que nos hubiera gustado poner al comienzo de nuestra bitácora:

 

 TO THE HESITATING PURCHASER           PARA EL COMPRADOR  INDECISO


If sailor tales to sailor tunes,                            Si los cuentos que narran los marinos,
Storm and adventure, heat and cold,               de tormentas y aventuras,  amores y odios, 
If schooners, islands, and maroons,                 de barcos, islas, Robinsones
And buccaneers, and buried gold,                   y bucaneros y enterrados tesoros,
And all the old romance, retold                       y todas las viejas historias, recontadas 
Exactly in the ancient way,                              exactamente de la antigua manera
Can please, as me they pleased of old,            pueden gustar, como me gustaron,
The wiser youngsters of today:                       a los sensatos jóvenes de hoy:
--So be it, and fall on! If not,                           -¡Qué más pedir! Y si no, 
If studious youth no longer crave,                   si la estudiosa juventud, perdida la pasión 
His ancient appetites forgot,                            y olvidadas  antiguas apetencias
Kingston, or Ballantyne the brave,                  por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne,
Or Cooper of the wood and wave:                  o con Cooper y atravesar bosques y mares:
So be it, also! And may I                                Bien. ¡Así sea! Y que pueda yo
And all my pirates share the grave                 con todos mis piratas compartir la tumba
Where these and their creations lie!               donde descansan ellos y sus sueños.

 

           Hemos hecho una traducción chapucera pero lo más fiel posible.

 

               Del poema nos ha llamado la atención una palabra MAROONS, que en inglés tiene el sentido entre otros de : “persona abandonada sin recursos en una isla” proviene del castellano CIMARRON, que en el Corominas  define como:- americanismo-, “alzado, montaraz, aplicado a los indios, negros y animales huidos” “salvaje, silvestre” probablemente derivado de cima, por los montes donde huían los cimarrones” en castellano tenemos otras acepciones similares: cerrero, cerril y montaraz; con el mismo sentido relacionado con sitios altos. En las cimas, los cerros y los montes han estado en nuestra cultura los huidos.

               Todavía hoy viven en Jamaica los Maroons, un pueblo descendiente de los esclavos  que escaparon a las partes más aisladas de la Blue Montain y del misterioso Cockpit Country e hicieron guerra de guerrillas a las tropas inglesas hasta conseguir un tratado de Independencia. Son un grupo que preserva su herencia cultural africana con dignidad y orgullo.  Estamos seguros que a Stevenson, siempre amante de la libertad,  le hubiera interesado esta historia.

CANCION CUBANA

CANCION CUBANA

                Esta semana estamos un poco cantarines, será el canto de los pájaros en celo. Entre tanto ritmo cantado el sábado pasado, olvidamos éste que ahora aflora a nuestras bocas; no recordamos exactamente cual fue el día ni el lugar en que pusimos melodía a una letra de G. Cabrera Infante; la melodía sonaría algo así como un danzón con dejes agitanados, algo que se podría englobar en eso que de un tiempo a esta parte se ha dado en llamar “World music”, cajón de sastre en el que caben desde la complejidad polifónica de la música de los pigmeos hasta un refrito de música hindú con hip-hop y rumba catalana.  Si supiéramos escribir música dejaríamos aquí apuntada la melodía, no por pretensión ninguna, sino porque si alguien, alguna vez encuentra este diario, supiera de nuestro amor por Cuba, por sus músicos, por sus poetas, por sus mujeres, de ahora y de siempre.

  

CANCION CUBANA

¡Ay! José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!

             Mientras descasaban, contemplaban el encendido crepúsculo, con el sol poniéndose sobre la línea del horizonte y reflejado en el mar. Pensaron, que era casi demasiado bonito, “parece una postal” dijo V. con una sonrisa; H., que ya conocía el gesto, se prestaba resignado a escuchar otra historia: - “a mi profesor de dibujo le hubiera encantado”. Luego le contó, que cuando era pequeño, de unos diez años, alguien de su familia, quizás su abuelo, convenció a sus padres de que tenía dotes para el dibujo –se pasaba el día pintarrajeando en los cuadernos escolares- y contrataron clases particulares con un profesor de dibujo, un catedrático de instituto ya mayor. Recordaba el piso humilde, oscuro y con manchas de humedad en las paredes. Curiosamente, no recordaba el ambiente del estudio de pintor ni el olor a pintura; lo que sí recordaba era el aliento fuerte del profesor –un equivalente olfativo del sabor de los pepinillos especiados- y sus toses violentas, que producían abundantes flemas sobre su pañuelo y le obligaban a ir al lavabo de vez en cuando -“creo recordar que padecía tuberculosis y que murió no mucho después”-.

       -“Tenía una obra en marcha sobre el caballete y en una esquina, la postal que estaba copiando”- prosiguió, y recordaba haberle preguntado que porqué no pintaba el patio de luces o quizás medianero entre casas viejas que se veía desde la ventana del  estudio, donde lucía  una higuera, ventanas con macetas de geranios subidos, ropa tendida y paredes desconchadas, y cómo él le respondió que “no era bonito”.

Terminó diciendo –“ese día fue la primera vez que recuerdo haber tenido una opinión estética y pensar de mí mismo: soy moderno”-. H. sonrió a su vez y  contestó –“¡ya podrías haberte aplicado más al dibujo y haber dejado para más adelante las impresiones estéticas!”. 

ELOJICO DE LA JOTA

ELOJICO DE LA JOTA

     Tendidos a la sombra de los cocoteros, reposamos después de una buena comida. Hoy hemos hecho buena pesca en la laguna y lo que no hemos puesto a secar ha quedado exquisito espetado y acompañado de huevos de las aves que anidan en los acantilados y frutas. Incluso hemos sacado de la provisión de ron del capitán  medía botella para celebrar que ya llevamos un mes aquí. ¡Nos sentimos tan amigos! Aquí entre ruidos extraños, nos llegan las canciones de antiguas curdas. Emocionados recordamos el riquísimo acerbo de jotas soeces, sacrílegas o heréticas que llenaron con sus delicadas letras los inicios etílicos  y las homéricas ordalías que marcaron el fin de nuestra infancia. Con la ronca voz estremecida de emoción, entonamos:

 chan chan chan chan

  “¡Qué a gusto estás en la camaaaaaaa

 con las teticas calientees!

 y yo bajo tu ventanaaaaaa

 con la chorraaaa hasta los dientees”

 

¡Qué cascada de emociones!

Ríase usted de Magdalenas ni hostias.