De Vere y Herri Gardens |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.
Este blog surge de un naufragio y de un afán de supervivencia. En este sentido no se puede esperar de él más que de un pecio, y de hecho, este es el otro nombre que hemos colocado de portada. Utilizar los restos de lecturas, de impresiones, de una (mala) educación sentimental que están desperdigados de mala manera por las playas inhóspitas de nuestra madurez; que hace poco parecían valer para algo, conformar algo así como un aparejo con el que navegar mal o bien y que ahora miramos con la esperanza, probablemente ilusoria, de que nos permita montar poco más que una choza, pero que un día, con la ayuda de algún bucanero más, nos permita conseguir el tesoro que buscamos. Ya llevamos tres días en la isla (que todavía no tiene nombre), pensamos que es probable que estemos aquí mucho tiempo y que es importante medir el tiempo; hacemos un artilugio con palos y cuerda. Al preguntarnos por el día de hoy nos damos cuenta de que es 14 de Abril de 2.006 y que hace 75 años que se proclamó la II República en nuestra lejana España. Echamos un ojo a nuestro alrededor y vemos cuanto de lo que hemos salvado del naufragio está escrito por hombres de esa generación, que murieron o sufrieron por las ideas que aglutinaba la república: Machado, Juan Ramón, Lorca , Alberti , Cernuda….Que las ideas por las que lucharon siguen siendo en gran parte las nuestras; que los problemas que afrontaron siguen estando presentes : Enseñanza pública, descentralización del estado y que en otros como el estado laico, seguimos por atrás. En llegando a estas razones, nos sale del alma un cántico furioso: SI LOS CURAS Y MONJAS SUPIERAN…..pero nos controlamos y, a pesar de que otros lugares que creemos cercanos como Redonda, se han instituido como reinos, nosotros proclamamos nuestra República Isleña porque los hombres de la República fueron vencidos pero no derrotados y adoptamos como himno oficial el poema de GARCIA CALVO que nos emociona y nos eleva por encima de nuestras actuales miserias. Libre te quiero, como arroyo que brinca de peña en peña. Pero no mía. Grande te quiero, como monte preñado de primavera. Pero no mía. Buena te quiero, como pan que no sabe su masa buena. Pero no mía. Alta te quiero, como chopo que en el cielo se despereza. Pero no mía. Blanca te quiero, como flor de azahares sobre la tierra. Pero no mía. Pero no mía ni de Dios ni de nadie ni tuya siquiera. Agustín García Calvo Cuando te tengo delante Seguimos en nuestra isla, poco a poco vemos que no es tan terrible ni hostil, por el momento no vemos caníbales ni hombres en general. Nos vamos haciendo a esta vida y, sin darnos cuenta, poco a poco los recuerdos de la vida anterior se van haciendo menos vivos y producen menos dolor. Con los restos de nuestro antaño airoso navío, hacemos una pequeña chalupa con la que recorrer la costa y recoger los restos del contenido de la bodega del barco que yacen sobre la arena de los bajíos y de los que apenas se distinguen títulos, tenemos miedo que los arrastren las corrientes del olvido . Ya estamos instalados en la isla. Tenemos al menos una cueva en una pared rocosa y una empalizada provisional donde dejamos al resguardo los víveres; hemos hecho recuento de lo que hemos conseguido recuperar y estamos tranquilos, no nos faltará alimento en una buena temporada. Podemos, después de un día de dura ascensión al cerro más alto para confirmar al fin nuestro aislamiento, descansar un poco y hacer una hoguera, cae la súbita noche tropical después de un purpúreo lubricán. Hablamos, como se ha convertido ya en costumbre, de nuestra desdicha y pensamos como Robinson en qué es lo que nos impulsa a hacernos una y otra vez a la mar, a ponernos en riesgo cuando nada nos impide quedarnos en casa. Pero ya sabemos los dos de la magia de las encalmadas o del gozo al ver las nubes nocturnas atravesando aceleradamente el firmamento, el viento aullando, los sobrejuanetes despegados, y el barco avanzando a enorme velocidad entre tinieblas, con una inmensa y blanca cortina de espuma a la altura de la batayola de sotavento. Recordamos los albatros que a veces caían en cubierta y con los que se divertía la canalla marinera. Nos vemos ahora nosotros de este modo, varados en la arena y arrastrando torpemente las alas, o quizás nos equivocamos y siempre hemos sido dodos como los que hace pocos años correteaban por la isla. Sentados junto a la hoguera, al ver nuestros rostros atezados por el mar y envejecidos por mil travesías y el escasísimo parecido con la tersura adolescente de Brooke Shields, no vemos otra opción para matar el tiempo que contarnos historias, que por las sonoras tinieblas que nos rodean son inevitablemente de espanto y espeluco. Temblamos como niños en la oscuridad y poco a poco nos calmamos comentando qué relación tan estrecha tiene el terror y la infancia y cuanto de la literatura que llevábamos a bordo estaba protagonizada por niños inquietantes o inquietados. Recordamos a nuestros preferidos; El primero que nos viene a la cabeza… El sueño nos vence, mañana continuamos. Al despertar esta mañana la mirada de la niña perduraba en mi mente, evidentemente la conversación de ayer noche tuvo eco en mis sueños; habíamos estado hablando de Miles y Flora, siempre nos han gustado más las historias en las que la ambigüedad de lo real te arrastran a las profundidades de un abismo donde se avecindan las raíces del horror, y nadie como Henry James supo transmitir estas sensaciones, pero no era la mirada de Flora la que estaba clavada en mí sino el límpido brillo de la de Maisie la que me escrutaba en la fresca mañana isleña. Nadie como ella para poner de manifiesto el pequeño horror, la capacidad para los pequeños envilecimientos de la vida de cada día. En “Lo que Maisie sabía” nada se desmelena, no hay gestos grandilocuentes pero no es menos eficaz transmitiendo la soterrada inquietud de nuestra existencia. Dice James: "Ningún tema resulta más humano que aquéllos que nos ofrecen un reflejo -extraído de la confusión de la vida- de la íntima relación de lo dichoso y lo siniestro, las cosas que exaltan ylas cosas que hieren, sosteniendo así perpetuamente ante nuestra mirada esa dura medalla brillante, fabricada de una aleación tan extraña, una de cuyas caras está constituida por la alegría y el consuelo de alguien y la otra por el dolor y la humillación de alguien". Con su sola presencia Maisie, pone de manifiesto la abyección del mundo que la rodea y que con la genial intuición de dotarla de las capacidades expresivas de un adulto, nos lo hace sentir como propio. Maisie, es además una presencia que confiere sentido, nitidez y sustancia a los personajes que la rodean, algo así como un catalizador que dispara todas sus potencialidades; pero no sólo eso, tiene la función de ser lo que James llama "el centro irónico", véase: "Sus rasgos se habían vuelto extrañamente populares: los pellizcaban sin parar los caballeros que acudían a visitar a su padre, que siempre estaban fumando cigarrillos cuyo humo le daba de lleno a ella en la cara. Algunos de dichos caballeros la hacían prender cerillas y encenderles los cigarros; otros, sentándola sobre unas rodillas que subían y bajaban inesperadamente, la apretujaban las pantorrillas hasta que ella gritase -su forma de gritar era muy admirada- y se las criticaban comparándolas con palillos de dientes. Esta comparación se le quedó grabada y contribuyó a que desde este momento le pareciese que ella andaba escasa de algo que satisfaría las expectativas generales. Al final descubrió de qué se trataba: se trataba de la ingénita tendencia a la segregación de una sustancia a la que Modle, su niñera, asignaba un nombre breve y antipático*, un nombre penosamente asociado, a la hora de la comida, con esa parte de los filetes que a ella le desagradaba." *fat Nos da la impresión de que la prosa de James es como un capullo de hilos de seda tejidos en torno a algo que no se dice, pero sabemos con íntima desazón, que el gusano al que nunca se alude, está dentro. Plácidamente recostados sobre la roca coralina, nos dedicamos a repescar entre las ruinas sumergidas de lecturas del pasado; y entre los magros y semiputrefactos restos que engancha el anzuelo, de lo que recordábamos como festines, apenas quedan argumentos de novelas sobre la infancia y la adolescencia: Lolita, El ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys o Alicia. Lolita o la sexualidad explícita y tristemente truncada, Alicia o la belleza de la inteligencia y de la pura invención, Antoinette (Ancho mar de los Sargazos) o la historia que lleva a la locura y, en el caso de Maisie lo que yo creo que suscribiríamos todos los que estamos aquí: que la capacidad de observar y de imaginar es lo que ha protegido y asegurado nuestra identidad. Ahora estamos en una gloriosa mañana, pero sabemos que la noche caerá de nuevo y que los peligros no son sólo los caníbales o los barcos enemigos.... Cuando el otro día comentábamos la mirada de Maisie, los dos coincidimos al ponerle rostro. En la edición actual de novelas, relatos, etc., las imágenes están reducidas exclusivamente a la de la portada, pero no nos vamos a extender sobre esto, nos desvía de lo que queremos decir; El libro rescatado de “Lo que Maisie sabía” tiene en portada un fragmento del cuadro de John Singer Sargent “Las hijas de Edgard Darley Boit”, es una portada que complementa al libro y nos hace pensar cómo los buenos pintores y los buenos escritores tienen en común indicar y no mostrar. Unas niñas juegan en una elegante sala entre alfombras persas y porcelana china, la luz del cuadro se va oscureciendo gradualmente conforme a la distancia y edad de ellas. Hay algo inquietante, la soledad de estas niñas que juegan en la habitación en penumbras es nuestra soledad. Siguen transcurriendo los días que dedicamos a seguir explorando la que ya llamamos nuestra isla. Bosquetes de aspecto selvático, laderas pedregosas donde hemos visto cabras muy dóciles, praderas, barrancos y hondonadas umbrosas con ríos de agua dulce, mas las playas con los cocoteros, forman nuestros dominios. Es una sensación extraña sentir como estos días desde el naufragio parecen haberse expandido, lo difícil de nuestra situación, la necesidad de estar alerta continuamente por el peligro que corremos, hace que parezca eterno el tiempo que llevamos aquí. Hay en la brusca supresión de nuestra rutina marinera intranquilidad y desasosiego, pero también, por alguna oscura razón, una extraña exaltación casi salvaje que parece brotar pura de nuestra remota niñez. Hay algo de espontáneo e impremeditado en cada uno de nuestros actos que nos hace comprender que podemos ser capaces de heroicidades y salvajadas, algo que hace que a veces nos miremos con desconfianza, como si después de tantos años, fuésemos desconocidos el uno para el otro. Pero sobre todo es la sensación de que ahora que nuestra conducta civilizada está suspendida, con los ojos brillantes y erguidas las cansadas espaldas, pasamos el día dentro de un juego absorbente como ella en el poema de Yeats: And penance is the play, Y el juego es la penitencia, *La separación entre versos no es intencionada, es incompetencia de estos piratas aún no duchos en andar por estas islas. |