De Vere y Herri Gardens |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.
Nous promenions notre visage (Nous fûmes deux, je le maintiens) Sur maints charmes de paysage, Ô soeur, y comparant les tiens. Lorsque, sans nul motif, on dit De ce midi que notre double Inconscience approfondit. …. De vue et non de visions Toute fleur s'étalait plus large Sans que nous en devisions. S. Mallarmé (Prose pour des Esseintes) Son muchas las noches que los náufragos pasan delante de la hoguera, unas divertidas o apenas entrevistas después de un día agotador, pero otras son largas, duras y cortantes; en ellas los insomnios como túneles de su largo encierro se visten con los ropajes del ensueño y la fantasmagoría. Permanecían absortos largo rato, H. parece despertar, mira a V. que está sentado en una especie de sillón hecho de troncos y lianas y sorprende en su aspecto un hieratismo de icono bizantino, una inmovilidad de emperador mongol que trae a su memoria oleadas de vagos y difusos recuerdos que lentamente cristalizan: poco a poco la vegetación y las peñas que rodean su refugio, iluminados por el movible y vinoso resplandor de la llama de las maderas tropicales, se muta en una extraña basílica cuya sola decoración es perversa: los troncos en altos fustes de esbeltas columnas, las palmeras en cimacios y arquerías refulgentes de dorados mosaicos… fueron fluyendo las frases del libro amarillo que Wilde pone en manos del cínico y corruptor Lord Henry Wotton en el Retrato de Dorian Gray. Los graves aromas de la selva tropical parecen transformarse en sahumerios que salen en pesadas volutas de cientos de pebeteros y el murmullo de la selva en monótono canto de enjoyados eunucos. El mundo se puebla de los símbolos que Huysmans imaginó. “Entre todos los artistas, había uno que le entusiasmaba, se trataba de Gustave Moreau, adquirió las dos obras maestras de Moreau y, noche tras noche, soñaba contemplando uno de los cuadros, en el que estaba representada Salomé. En este cuadro se erigía un trono –semejante al altar mayor de una catedral-, junto a incontables arcadas surgidas de macizas columnas, como los pilares romanos, revestidos de adoquines polícromos, engastados de mosaicos y adornados de lapislázuli y sardonix, en un palacio que parecía una basílica de estilo entre musulmán y bizantino. En el centro del tabernáculo que coronaba el altar, al que se accedía mediante unos escalones en forma de semicírculo, se sentaba el Tetrarca Herodes, con una tiara en la cabeza, las piernas junta y las manos sobre las rodillas. Su rostro era amarrillo y apergaminado, surcado de arrugas y diezmado por los años, su larga barba flotaba como una nube blanca sobre las estrellas, brillantes como piedras preciosas, que adornaban perfumes que expelían nubes de vapor traspasadas por el brillo de las gemas engarzadas en los costados del trono, como los ojos fosforescentes de los animales salvajes. El vapor iba subiendo, extendiéndose sobre las arcadas, donde el humo azulado se mezclaba con el polvillo dorado de los grandes rayos de sol que descendían de las cúpulas. Entre la perversa fragancia de los perfumes en la atmósfera sobrecalentada de la gran estancia, Salomé s desliza lentamente de puntillas, el brazo izquierdo extendido en un gesto imperioso, el derecho encogido, sosteniendo una gran flor de loto a la altura del rostro, mientras una mujer, sentada en cuclillas, tañe las cuerdas de una guitarra. Con expresión concentrada, solemne y casi augusta, empieza la lúbrica danza que despertará los aletargados sentidos del viejo Herodes; sus senos se agitan y, al contacto con sus arremolinados collares, se endurecen sus pezones; sartas de diamantes brillan sobre su piel húmeda; resplandecen sus pulseras, cinturones y anillos; y, a través de su ostentosa túnica, bordada con perlas, adornada con plata y laminada en oro, la enjoyada coraza, cada una de cuyas cadenas es una joya preciosa, parece llamear cruzada por sierpecillas de fuego agitándose sobre la carne mate, sobre la piel rosa té, como suntuosos insectos e deslumbrante alas, jaspeados de carmín moteados de amarillo pálido, esmaltados de azul acero y rayados de verde pavón.” "¿Quién es esta que se levanta como la aurora, Cantar de los Cantares Y nuestros ensueños se llenan de espejismos entrevistos de mujeres que imaginaban Baudelaire, Nerval o los modernistas finiseculares y, que Moreau hace habitar en sus lienzos con la reiteración del obseso. Las Judith, Salomé, Dalila, Cleopatra, Helena, Betsabé; mujeres sin piedad, terribles como un ejército en orden de batalla, mujeres fatales que oscilan entre la virginidad y el desenfreno, entre El Cantar de los cantares y La puta Babilonia del Apocalipsis, que llenan sus sueños coloreados por el opio con las señales de su deseo: exóticas, vagamente orientales, libres y por eso temibles y capaces de causar destrucción a su alrededor. Ante ellas sólo cabe aceptar el destino de guiñapos sangrientos o mantenerlas alejadas -como hizo el propio Moreau. “Des Esseintes buscaba la significación de este emblema. ¿Tenía ese significado fálico que le atribuyen los cultos primordiales de La India? ¿Anunciaba al rey Herodes una ofrenda de virginidad, un intercambio de sangre, una herida impura, pedida y obtenida bajo la condición expresa de cometer un crimen? ¿O acaso representaba la alegoría de la fecundidad, el mito hindú de la vida, una existencia sostenida entre los dedos de la mujer, y arrancada, destrozada por por las manos palpitantes del hombre enloquecido y dominado por el impulso instintivo y violento de la carne?. Tal vez el pintor, al otorgar a su engmática diosa el loto venerado, había pensado en la danzarina, en la mujer mortal, en el Vaso profano, causa de todos los pecados y de todos los crímenes. O quizá había querido recordar los ritos del antiguo Egipto, las ceremonias sepulcrales del embalsamamiento, cuando los expertos en esta técnica y los sacerdotes extendían el cadáver de la muerta sobre un banco de jaspe para sacarle la masa encefálica por las fosas nasales aplicando agujas curvadas, y las entrañas por una incisión practicada en su costado izquierdo, a continuación, antes de dorarle las uñas y los dientes, y de untarle con betunes especiales y esencias, le colocaban dentro del sexo, para purificarlo, los castos pétalos de la divina flor.” (De "A rebours" de J.K. Huysmans) Les chastes pétales de la divine fleur. Moreau acumula los símbolos en los tatuajes o más bien en la especie de tocado transparente que cubre a Salomé. Son los símbolos del peligro que representa. Bullen los animales dañinos entre motivos decorativos egipcios. Los áspides guardan su garganta, alrededor del ombligo pululan las fieras y los buitres; más abajo. Sobre el pubis un león abre las fauces y deja colgar la lengua. Unos ojos vigilantes se encuentran bajo los senos y el conjunto recuerda inequívocamente al vientre pacificado de la mitología griega. En el pecho destaca el estilizado emblema del loto sagrado cuyo simbolismo en oriente es muy conocido pero que a nosotros nos recuerda a sus primos europeos los nenúfares que imaginamos compartirá sus virtudes medicinales. Las condiciones en que medra el nenúfar, con las raíces en el fango y las hojas sobre la superficie del agua, lo que fue indicio de frialdad. Merat en su “Diccionario universal de matière medical” de 1.830 expone: “Ha llegado hasta nuestros días…Poetas y naturalistas la han celebrado a porfía. Y las gentes se han servido del nenúfar para calmar los ardores de la concupiscencia; los piadosos cenobitas del desierto hacían uso frecuente de él; se consumía mucho en los claustros, conventos y seminarios, y sus propiedades atemperantes se creyeron de tanta eficacia, que se le acusó no sólo de enfriar sino de esterilizar, sin embargo –prosigue Merat- los tártaros, según Pallas, se alimentaban de ella sin que esto redundara en perjuicio de su fecundidad, que su sabor es un poco amargo, viscoso y estíptico, señales de propiedades más bien tónicas e irritantes…….En consecuencia, aquellos observadores no sólo llegaron a dudar de las ventajas del nenúfar contra los estímulos carnales, sino que tal “destructor de placeres y veneno del amor” como lo apellidó Delille, podía no ser otra cosa sino su excitante. Esta conjetura fue plenamente confirmada por Dubois de Rochefort, que todavía vio usar mucho del nenúfar en los conventos de su tiempo, y que, efectivamente, en lugar de actuar como refrigerante, observó que de su administración se seguían malas consecuencias” Fue una noche de este verano, creo recordar que era fin de semana y que yo estaba algo irritado. Estábamos tomando unas tapas en una terraza de verano después de un día asfixiante. Ya era tarde pero la gente abarrotaba la acera y el bullicio ya hacía que tuviésemos que levantar la voz, pero de pronto un estruendo atroz vino a ensordecernos. El ruido que, por lo visto, pretendía ser musical, surgía de la radio que el cabecilla de un grupo de motoristas con camisetas de tirantes y pintas chulescas llevaba adosada a su potente motocicleta. Pararon los cacharros no sin algún petardeo final y miraron desafiantes alrededor; yo, al ver que no cesaba y, os aseguro era realmente ensordecedor, quizá arropado por saberme en compañía, me levante y les grité alzando los brazos para que parasen. El chico de macarril aspecto me miró y se acercó hacía mi mientras metía la mano derecha en el bolsillo hacia lo que yo imaginé una navaja de dimensiones considerables y cierre automático. Hubo un correrse de sillas con estrépito cuando mis amigos se levantaron y yo no sabía si mirar para otro lado, salir corriendo o (si no había otro remedio) enfrentar la suerte con gallardía, cuando el chico se sacó del bolsillo no la temida faca sino una especie de brazalete coloreado que me ofrecía. Me quedé tan corrido que no recuerdo ni lo que hice –probablemente mascullar una excusa – con lo que se volvió a donde la moto y prosiguieron con su suplicio de infelices durmientes. Después me explicaron que se llaman flayers o algo así y son como salvoconductos para entrar en discotecas… Hace un par de años nos encontramos con unos conocidos, el día anterior habían estado en un concierto de Woody Allen, -por conocer música diferente- nos dijeron, después de despedirnos pudimos dar suelta a nuestra mala baba, aquello apestaba, ¡música diferente!, ¿Diferente de qué?, ¿El dixie había nacido ayer?, aquella gente jamás iría a un concierto de jazz, habían pagado su diezmo por ver en directo al personaje. A los días nos encontramos con la hija de los conocidos, había ido al concierto con sus padres, -la música era “guay” ¿Tenéis algún disco de él?- , pues no nos consta que haya grabado ninguno, le contestamos, pero te podemos dejar otros con el mismo tipo de música. Nos siguió pidiendo más, le dejamos discos de Louis Armstrong; a partir de ahí ya no volvió a por más, ella misma los ha ido comprando o pirateando. Todo esto viene a cuento del nuevo disco de Sting; el cantante y bajista ex-Police acaba de sacar a la calle su último disco, si ya de por sí esto supondría un aluvión de entrevistas promocionales, anuncios, etc., en este caso la repercusión mediática ha hecho que hoy sean pocos quienes no se hayan enterado de que lo que ha grabado Sting no es un disco pop-rock sino un disco en el que toca el laúd y canta canciones de John Dowland; seguramente algunos de sus fans se interesen por quien fue este magnífico e influyente laudista, cantante y compositor británico de finales del siglo XVI, y quizás algunos otros vayan más allá y adquieran las grabaciones de sus canciones hechas por Emma Kirkby y Anthony Rooley o el precioso “Lachrimae or seaven teares” grabado por Hesperion XX con Jordi Savall al frente. Sea así o sea flor de un día, hay que reconocer el mérito de de Sting, quien se ha dedicado durante largo tiempo a dominar el laúd y ha acudido a clases en uno de los lugares más prestigiosos de música antigua y barroca, todo esto por sacar un disco por el simple y puro placer de hacerlo. Habrá quien le critique, quien piense que comete herejía, nosotros no estaremos entre ellos. |