De Vere y Herri Gardens |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.
Hoy ha sido un día como todos desde el naufragio: irritante, absorbente y en algún momento que apenas pasa, uno quisiera retener, excitante. Nos afanamos, porque nos va la vida en ello, en recoger los restos del barco encallado y abierto como una granada sobre las aguas transparentes. Los viajes con la chalupa son fatigosos y luego, hay que zambullirse y acabamos magullados y con las heridas ardiendo del salitre y el sol. Las más de las veces el botín es escaso y, al volver a la playa, nos desesperamos. Creíamos llevar un barco bien provisto, con altos anaqueles repletos de apetecibles lomos y ahora, estamos desnudos y mostrando nuestra miseria. Al sacarlas al aire por la violencia del golpe, lo que pensábamos caudaloso, amplio y navegable, se ha adelgazado, convertido en una lámina de agua que a veces se pierde y, a veces, sólo es la caricatura de lo que fue. Y pensábamos que Ducasse, Baudelaire, Poe, Nerval, habían sido los jefes de la banda, los que nos habían enseñado el oficio, más que los rateros del sucio puerto de nuestra niñez sin padres, eran ellos los que habían salvado nuestra adolescencia y ahora son jirones quizás sin sentido. Pasamos el día con este trajín, si se quiere ridículo y al caer la tarde preparamos el vivac en la playa ahora que no ha llegado todavía la estación de las grandes lluvias. Pronto está encendida la hoguera que se despereza esbelta contra la extensa soledad de la noche. El resplandor de la alta llama nos recuerda a otro marinero, Marlow que, a bordo de la “Nelly” una pequeña yola de crucero, también narra a sus amigos una historia mientras esperan el cambio de marea en el estuario del Tamesis una tarde de mil ochocientos…y “más al Oeste, en el curso alto del río, el lugar de la monstruosa ciudad estaba aún señalado ominosamente en el cielo, una sombra amenazadora a la luz del sol, un lóbrego resplandor bajo las estrellas.” El comienzo del relato es: “-y esta también –dijo Marlow de repente-ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra”. La primera vez que escuchamos el relato apenas éramos unos grumetes embarcados por piedad y la historia nos traía ecos de aventuras; pronto pasó a ser memoria perenne entre gran parte de los hombres que cruzan el mar; a cada escucha le íbamos incorporando nuevas sensaciones fruto de nuestra experiencia y vivencias. ¡Qué dimensión no tomaría ahora, al recordarla en nuestra situación! Levantamos la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía sombríamente bajo el cielo cubierto… Parecía conducir directamente al corazón de las inmensas tinieblas. Nuestras miradas se cruzan, y al desconsuelo sucede la avidez por el relato y Conrad es nuestro patrón por esta noche. Nuestra primera reacción al revisitar el texto de Conrad “The heart of darkness” fue quedarnos como dijo el poeta, -mudos, absortos, de rodillas, como se adora a dios ante el altar-. Para qué escribir nada si este cabrón había dicho lo que queremos transmitir mil veces mejor de lo que nosotros pudiéramos ser capaces de hacer. Es como para coger la mochila de Pocholo e irse a La Isla de los Famosos. Pero puesto que hemos abandonado nuestra actitud habitual de lectores pasivos y hemos pasado a engrosar el gremio de los creadores (entre los que se encuentran nuestra ilustre tripulación), no hemos tenido más remedio que hacer una penosa (comparada con lo que sigue) introducción a la egregia obra; si esto sirve para que alguien se acerque a “el corazón” o a Conrad en general nos veremos satisfechos. La idea que expresa al principio del relato en relación con las tropas romanas en conquista de los pantanos ingleses es la idea que nos ha guiado en este post:… Aviso para navegantes: Quien ya haya entregado su corazón a “El corazón de las tinieblas” queda exento de leer este largo fragmento, nosotros por nuestra parte nos sentimos incapaces de recortar una sola línea. Ha sido curioso, porque suponemos que no estaba calculado, que dos artículos trataran la misma película: VERTIGO de Hitchcock (por cierto, nunca he llegado a saber que clase de cock es la de hitch). En el primero, Calvo Serraller reseña un libro de VICTOR STOICHITA, “Simulacros: El efecto Pigmalión, de Ovidio a Hitchcock”, que apetece leer y en el que, por lo visto, sigue el mito de Pigmalión en la historia del arte occidental con el hilo argumental de que hay un paso de lo háptico a lo óptico (Representación) en una conversión de lo real en algo virtual, pasando por la “vitrificación” del arte del realismo óptico de la pintura holandesa de la segunda mitad del diecisiete y que culminaría con la película de la que hablábamos, película sobre la que estamos de acuerdo estos dos isleños en muchos aspectos: la consideramos la obra maestra de Hitchcock, vimos a una Kim Novak como nunca antes ni después veríamos, el cuadro-retrato de la difunta esposa es espantoso…. En otro artículo, Octavi Martí, reseña la ópera “La ciudad muerta” de Wolfgang Korngold, basada en una novela, “Bruges-la-morte”(1892), de un autor para nosotros desconocido, Georges Rodenbach, en la que el protagonista (Hugues) es un viudo inconsolable que ha convertido su casa en un santuario en honor de la difunta esposa Marie. Un día paseando, descubre a una mujer (Marieta) idéntica físicamente, pero su opuesto moral; si una era un modelo de virtudes, esta es todo lascivia y sensualidad (nos apuntamos). Sobre este hilo argumental, tan recurrido en el arte, está basada “Vértigo”. Hay otra serie de consideraciones, todas interesantes, como que Boileau y Narcejac (nos encantan los autores que escriben a cuatro manos) se basaron en esta obra para su novela “D’entre les morts” y que Korngold, compositor alemán considerado en su día como niño prodigio, fue víctima de una doble discriminación, la primera por no subirse al carro de las vanguardias y la segunda por ser considerado por los nazis como creador de un arte degenerado; así pues, prohibido en su tierra y rechazado por las corrientes influyentes de la “música clásica” del momento, instalado en EE.UU., acabó haciendo lo que alguien ha llamado la futura música culta del siglo XX, la música de cine, en la que recibió dos Oscars. Dos pequeñas apostillas: en la ficha técnica de la película “Vértigo”, entre otros guionistas, figuran Boileau y Narcejac; y como segunda, rendir homenaje al traductor del título de esta película al castellano; lo imaginamos sudoroso intentando descifrar el misterio del término médico usado en inglés para describir el vértigo, y ante la gran prueba a la que le enfrentan, opta por tener su momento de gloria. Confluyen así un muerto (o invisible) para la música de la época, un tema que se reinterpreta y otro tema (Pigmalión) que se actualiza. Menos es nada. Amaneció la mañana clara envuelta en un griterío de pájaros y parloteo de loros, nuestros cuerpos respondieron al sol como a una primera caricia, perseguimos nuestras alargadas sombras por la playa, y como niños que se pisan por jugar nos dejamos conducir por ellas; subimos una ladera esquivando las agudas espinas de las plantas que crecían en los huecos de la roca basáltica; al llegar a la cima, exhaustos, nos sentamos al borde de un pequeño acantilado; desde nuestra posición se veía una caleta, aún entre las sombras del amanecer, en la que creímos distinguir entre los restos de naturaleza algo que no pertenecía a este lugar; bajamos casi rodando, destrozándonos las manos contra la roca, las manos recogen la perla; en el recuento de nuestras mayores pérdidas no se encontraba esta obra, no porque no nos perteneciera, más bien por olvido. Su hallazgo, en este rincón umbrío, tímidamente escondida, apenas asomando su lomo, es algo que no nos ha sorprendido, de hecho, si hubiéramos reparado en su ausencia, hubiéramos buscado en lugares como este. Abrimos al azar el preciado pecio... Pe Cas Cor (Pedro Casariego Córdoba) ¿Qué es un poeta raro? ¿Ser único y desconocido? ¿Renegar de la poesía como hecho literario? ¿Despreocuparse por la carrera literaria? ¿Vivir prácticamente incomunicado? ¿Considerar la poesía como un trabajo espiritual? ¿Ser austero y gozoso? ¿Ser fiel a sí mismo? ¿Transmitir frescura, candor de adolescencia? ¿Adentrarse en otros lenguajes como la pintura? ¿Hacer una obra singular, y ser casi inencontrable? ¿Acaso casi todos los poetas no son raros?.......... Lo que sigue es un extracto de una entrevista a Pe Cas Cor. — Se supone que hace usted una vida más bien aislada, que sale poco que no ve a mucha gente. Se supone también que apenas se concede descanso a sí mismo: espera ser lo bastante rápido como para no aburrirse, lo suficientemente duro para no flaquear. ¿Qué significa la poesía en todo esto? ¿Cuál es el trabajo de un escritor? — La vida puede ser una lata -quizás nuestro libro favorito de cuantos ha publicado transmite una belleza y un humor inquietantes. ¿Un libro es exactamente como la vida? Es un libro viejo, del año 42. Encuadernado pobremente en gris, de cantos sobados, de esos intonsos que tanto placer da rasgar con el cortaplumas, las letras son rojas y azules, desvaídas. Está iluminado por el escudo heráldico de su autor que tiene debajo “cexador” sobre cinta. Es pequeño, en octavo mayor, y no abulta ni dos dedos. Su título “Diccionario Etimológico-Analítico Latino-Castellano”. Es la segunda edición, indica en la tapa, debajo de: D. Julio Cejador y Frauca “Catedrático de lengua y literatura latinas en la Universidad de Madrid”. Está editado por los talleres tipográficos “La Moderna” de la calle Fernández Caballero de Murcia. Lo compré en una librería de viejo, de esas en las que el dueño, enfundado en su también gris guardapolvo, parece firmemente dispuesto a no desprenderse de los ejemplares colocados de cualquier modo y cubiertos de densos estratos de polvo. Nunca me decepciona, y aunque está editado en plena postguerra (años en los que el best-seller era la cartilla de racionamiento) contiene tesoros de lubricidad y de impensadas etimologías; valga de ejemplo una que transcribimos literalmente, la voz por la que empieza la letra V: VACCA: vacc-a, -ae; en sánscrito vaçä, vaca estéril que muge, hembra del elefante, esposa, mujer, en composición sometido a la voluntad de; vaçi, imperio sobre otro; vaç-ya sometido. Es la raíz vocare, esto es ok, andar con la boca abierta, bramando de deseo; uç-anti, desean, acceden gustosos,- términos griegos que no somos capaces de poner-de buen grado, esto es, a deseo=skt uçat, vaç-ya sometido a gusto; väc-yë vagir, gritar y vaç-mi, vi-vaç desear, tener por bien, vaça deseo, voluntad. Acaso vino de aquí in-vi-tus a disgusto. Vacc-ín-us vacuno Vacc-ul-a vaquilla. Toda esta etimología la ignora la castellana de nuestro bien amado Corominas. Está claro que este señor no cejaba. Otro día pondremos alguna entrada más. Tendidos a la sombra de los cocoteros, reposamos después de una buena comida. Hoy hemos hecho buena pesca en la laguna y lo que no hemos puesto a secar ha quedado exquisito espetado y acompañado de huevos de las aves que anidan en los acantilados y frutas. Incluso hemos sacado de la provisión de ron del capitán medía botella para celebrar que ya llevamos un mes aquí. ¡Nos sentimos tan amigos! Aquí entre ruidos extraños, nos llegan las canciones de antiguas curdas. Emocionados recordamos el riquísimo acerbo de jotas soeces, sacrílegas o heréticas que llenaron con sus delicadas letras los inicios etílicos y las homéricas ordalías que marcaron el fin de nuestra infancia. Con la ronca voz estremecida de emoción, entonamos: chan chan chan chan “¡Qué a gusto estás en la camaaaaaaa con las teticas calientees! y yo bajo tu ventanaaaaaa con la chorraaaa hasta los dientees” ¡Qué cascada de emociones! Ríase usted de Magdalenas ni hostias. Mientras descasaban, contemplaban el encendido crepúsculo, con el sol poniéndose sobre la línea del horizonte y reflejado en el mar. Pensaron, que era casi demasiado bonito, “parece una postal” dijo V. con una sonrisa; H., que ya conocía el gesto, se prestaba resignado a escuchar otra historia: - “a mi profesor de dibujo le hubiera encantado”. Luego le contó, que cuando era pequeño, de unos diez años, alguien de su familia, quizás su abuelo, convenció a sus padres de que tenía dotes para el dibujo –se pasaba el día pintarrajeando en los cuadernos escolares- y contrataron clases particulares con un profesor de dibujo, un catedrático de instituto ya mayor. Recordaba el piso humilde, oscuro y con manchas de humedad en las paredes. Curiosamente, no recordaba el ambiente del estudio de pintor ni el olor a pintura; lo que sí recordaba era el aliento fuerte del profesor –un equivalente olfativo del sabor de los pepinillos especiados- y sus toses violentas, que producían abundantes flemas sobre su pañuelo y le obligaban a ir al lavabo de vez en cuando -“creo recordar que padecía tuberculosis y que murió no mucho después”-. -“Tenía una obra en marcha sobre el caballete y en una esquina, la postal que estaba copiando”- prosiguió, y recordaba haberle preguntado que porqué no pintaba el patio de luces o quizás medianero entre casas viejas que se veía desde la ventana del estudio, donde lucía una higuera, ventanas con macetas de geranios subidos, ropa tendida y paredes desconchadas, y cómo él le respondió que “no era bonito”. Terminó diciendo –“ese día fue la primera vez que recuerdo haber tenido una opinión estética y pensar de mí mismo: soy moderno”-. H. sonrió a su vez y contestó –“¡ya podrías haberte aplicado más al dibujo y haber dejado para más adelante las impresiones estéticas!”. Esta semana estamos un poco cantarines, será el canto de los pájaros en celo. Entre tanto ritmo cantado el sábado pasado, olvidamos éste que ahora aflora a nuestras bocas; no recordamos exactamente cual fue el día ni el lugar en que pusimos melodía a una letra de G. Cabrera Infante; la melodía sonaría algo así como un danzón con dejes agitanados, algo que se podría englobar en eso que de un tiempo a esta parte se ha dado en llamar “World music”, cajón de sastre en el que caben desde la complejidad polifónica de la música de los pigmeos hasta un refrito de música hindú con hip-hop y rumba catalana. Si supiéramos escribir música dejaríamos aquí apuntada la melodía, no por pretensión ninguna, sino porque si alguien, alguna vez encuentra este diario, supiera de nuestro amor por Cuba, por sus músicos, por sus poetas, por sus mujeres, de ahora y de siempre. CANCION CUBANA ¡Ay! José, así no se puede! ¡Ay, José, así no sé! ¡Ay, José, así no! ¡Ay, José, así! ¡Ay, José! ¡Ay! Comenzar con un párrafo de “La infancia recuperada” de Savater: La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección más singular lo iniciático y lo épico, las sombras de la violencia y lo macabro con el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera –que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta- con la sutil complejidad de la primera y decisiva elección moral, en una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado es la ISLA DEL TESORO. En el prólogo aparece el poema, que nos hubiera gustado poner al comienzo de nuestra bitácora: TO THE HESITATING PURCHASER PARA EL COMPRADOR INDECISO Hemos hecho una traducción chapucera pero lo más fiel posible. Del poema nos ha llamado la atención una palabra MAROONS, que en inglés tiene el sentido entre otros de : “persona abandonada sin recursos en una isla” proviene del castellano CIMARRON, que en el Corominas define como:- americanismo-, “alzado, montaraz, aplicado a los indios, negros y animales huidos” “salvaje, silvestre” probablemente derivado de cima, por los montes donde huían los cimarrones” en castellano tenemos otras acepciones similares: cerrero, cerril y montaraz; con el mismo sentido relacionado con sitios altos. En las cimas, los cerros y los montes han estado en nuestra cultura los huidos. Este atardecer en la arena nuestras manos crean lo que nos falta; como buenos robinsones, nos alejamos lo justo, tomamos asiento a la sombra y admirándola jugamos a ser Tom y Vinicius en el bar Veloso. «Seu nome é Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto, mas todos a chamam de Helô. Há três anos atrás lá passava, ali no cruzamento de Montenegro e Prudente de Morais, em demanda da praia, e nós a achávamos demais. Do nosso posto de observação, no Veloso, enxugando a nossa cervejinha, Tom e eu emudecíamos à sua vinda maravilhosa. O ar ficava mais volátil como para facilitar-lhe o divino balanço do andar. E lá ia ela toda linda, a garota de Ipanema, desenvolvendo no percurso a geometria espacial do seu balanceio quase samba, e cuja fórmula teria escapado ao próprio Einstein; seria preciso um António Carlos Jobim para pedir ao piano, em grande e religiosa intimidade, a revelação do seu segredo. » Olha que coisa mais linda (A.C. Jobim , Vinícius de Moraes) Nosotros hemos elegido la versión de Stan Getz y Joao Gilberto, cada cual puede poner la que más le guste. Son casas bajas, de uno o dos pisos, de sillares blanqueados, bien alineadas en la ancha calle del pueblo, uno de esos pueblos de colonización que se fundaran en la época de Carlos III con el muy ilustrado interés de habitar una zona despoblada, salvaje e insegura para las diligencias y los arrieros, que con sus recuas intentaban pasar Sierra Morena camino de Sevilla. Al pasar dentro de la casa, después del calor coreado de chicharras y apenas mitigado por las sombras de los eucaliptos de la acera, la fresca penumbra del interior es un placer. Entras directamente en la habitación donde pasan el día y hasta hace poco cocinaban; hay una chimenea grande con toscos adornos de yeso. En las paredes, todavía cuelgan los retratos agobiados en sus trajes de domingo de los abuelos, pero ya hay una enorme televisión presidiendo y a las sillas de anea se han sumado sofá y sillones de escay. Es una casa de labor y entre los aperos, nos sorprenden unas grandes bateas, preguntamos extrañados y nos responden, un poco azorados, que es para recoger “lo de la carretera”. Así nos enteramos de que cuando vuelcan los camiones en las curvas de Despeñaperros, los vecinos de las aldeas de alrededor, van a recoger los restos, ya sean de frutas, verduras de Almería, zapatos, etc. que luego aparecen por los mercadillos de la zona. Nos dimos cuenta de que la costumbre de los pueblos costeros de ir al raque, tan común tanto en Escocia como en la gallega A Costa da Morte, en cierta manera, pervivía en la Andalucía interior. Recordábamos el tema recurrente en Stevenson de los “wreckers”, raqueros, que para él tiene, por un lado, la fascinación de lo que está al margen de la ley, y por otro, está muy ligado a la historia de su familia –constructores de faros y odiados por estas personas. Yendo al raque por las playas de nuestras islas literarias hemos vislumbrado la enorme boca de un orco abierta a esa obra maestra de Manuel Múgica Lainez. Cuando fuimos a contemplar las ruinas de Bomarzo el guardián nos habló de un extraño escritor sudamericano que un día llegó allí, se instaló en aquel palacete y residió durante semanas y semanas en él; el enigmático hombre, según él, descendía todas las mañanas y en una libreta apuntaba sin descanso en letra menuda todo lo que aquellas corrompidas piedras le pronunciaban: Algo así como un Moisés poseído por el Verbo divino en las alturas sinaíticas. Nosotros sabíamos que M. Múgica Lainez apenas había permanecido unas horas en Bomarzo. Esta semana celebramos San Manuel M.L. “Durante veinte sesiones, que se realizaron en el palacio Emo, tomó cuerpo en la tela el retrato destinado a ser tan famoso. El artista compuso una parte importante del trabajo –cuanto concierne a los elementos que rodean a la figura- sin mi presencia. Esos elementos alcanzan una jerarquía fundamental en el cuadro, y son característicos del gusto de Lotto por los símbolos. La lagartija que hay en la mesa, sobre el chal azul –la lagartija sexual de Paracelso, que el pintor descubrió en mi cámara del palacio -,el manojo de llaves, las literarias plumas, los pétalos de rosa esparcidos junto al libro que ojeo, y, detrás, en el mismo plano donde se advierte mi gorra con la medalla de Cellini, esas alegorías inesperadas: el cuerno de caza y el pájaro muerto, fraternizan en la obra de Lotto con los objetos misteriosos – la áurea garra, la lámpara, el minúscula cráneo, las marchitas flores, el ramillete de jazmines y las alhajas- que aparecen en otras efigies suyas. Lorenzo procedía así, por alusiones, por cifras, por incógnitas. En torno de cada imagen suscitaba un mundo enigmático, sugerido. Y eso se ve, más que en ningún retrato, en el que me pintó.” Bomarzo fue en principio esquivo para Múgica Laínez; cuando llegó a Italia nadie sabía darle razón de donde se encontraba ese antiguo Palacio, bien podría haber pensado que, el artículo que sobre él leyó en un diario de Buenos Aires, hubiera sido una invención borgiana, pero algo le llamaba, lo encontró y según iba recorriendo el jardín, acompañado de dos amigos, sentía una sensación de “déjà vu” como nunca antes había tenido: Allá, les decía, “detrás de aquel macizo de plantas, vamos a encontrar un elefante de piedra y, al fondo, la sirena”, y así era. En ese momento sintió que algo le unía a ese enmarañado y boscoso jardín, que en efecto era borgiano, que desde el siglo XVI, éste laberinto le estaba esperando, construido por Pier Francesco Orsini como una tela de araña a él destinada para hacerle vivir de nuevo; en ese momento M. Múgica Laínez ve su nueva obra, una obra sobre el renacimiento italiano escrita desde el Buenos Aires del siglo XX., narrada a través de la vida de un casi desconocido príncipe italiano. “ La inquietud de cazador que me agitaba en pos del arcano de la muerte; la pasión del arte y de la poesía; la idea de la vanidad de lo perecedero; la idea de posesión y de secreto que implican las llaves; la de sortilegio y sensualidad que brota de la lagartija, a la que Paracelso llamó salamandra, se enlazan como una ronda mágica alrededor de ese joven descarnado y pálido, vestido de un color violáceo profundo, cuya fisonomía rara y bella, que emerge del blancor de la camisa y cuyas trémulas manos, que surgen de la nieve de los puños, fueron las mías. De la joroba nada se ve. Como el compasivo -¿o cortesano?- Mantenga, cuando pintó a los gibosos Gonzaga en el fresco mantuano de la cámara de los esposos, la ha suprimido. En mi caso, se funde en la sombra. Yo era esos ojos pardos, ese pelo castaño, lacio, partido, recogido detrás de las orejas, esas cejas finísimas, esos pómulos acusados, esos labios rojos, apretados pero hambrientos, ese agudo mentón, esas inteligentes, delicadas manos desnudas, esa intensidad, esa reserva, ese orgullo, ese poder oculto y latente, esa llama fría, esa equívoca, imprecisable violencia que se presiente en el hielo de la soledad aristocrática, y esa ternura también, desesperada. En la galería de los desesperados de Lotto, no me gana ninguno. Había que ser como él, un melancólico y un ambiguo para captarme así, para así con sus pinceles, como sin duda aprisionó a mi padre.” "...y al otro Santa Catalina de Siena y San Segismundo, como si estuvieran asomados de medio cuerpo en sendos balcones: Ese, San Segismundo, era mi padre. ¡Claro que era! Mi padre pintado en 1506, un lustro y un año antes de que mi venida al mundo le causara tan colérica decepción...Pero aunque inmediatamente lo reconocí, ¡qué apartada, qué opuesta resultaba esta imagen de aquella, escondida hasta entonces en mi memoria, que yo recuperé al punto, cuando comparé el retrato de Lorenzo Lotto con el que afloraba por fin, intacto, nítido, de la bruma de mis recuerdos!" Y Múgica se hace cruel y tierno duque renacentista, y Orsini bonaerense. En una espiral de metempsicosis mutua, la prosa manierista del argentino, en una suerte de transubstanciación encarna la piedra leonada de líquenes, fluye como un torrente andino rebalsado en un estanque bordeado de deidades helenas y la selva tropical cede sus penumbras a la gruta orlada de hiedras y acantos. Monstruos fingidos y benignos, objetos protectores (apotropaicos), frente a la víbora insidiosa de la muerte. Eiusdem puero (III, XIX) Proxima centenis ostenditur ursa columnis, exornant fictae qua platanona ferae. Huius dum patulos adludens temptat hiatus pulcher Hylas, teneram mersit in ora manum : vipera sed caeco scelerata latebat in aere vivebatque anima deteriore fera. Non sensit puer esse dolos, nisi dente recepto dum perit. O facinus, falsa quod ursa fuit ! Marcial (Epitafio) “Seguramente hay en ambas imágenes, en la de mi padre y en la mía mucho de Lorenzo Lotto, de lo que él era, encubría y combatía y sólo se manifestaba en su pintura, pero los dos Orsini le brindamos, a un cuarto de siglo de distancia, con nuestras esencias oscuras, afines con la complejidad de su propia esencia, la ocasión anhelada de expresarse y confesarse, expresándonos y confesándonos. Cuando estuvo terminada la obra, me contemplé en su pálida y morada tersura, como en un espejo. A la izquierda, Lotto ubicó una ventana que abre a la luminosa lejanía del mar, y que promete, en el encierro desordenado del estudio, tan denso de claves furtivas, una esperanza de calma luz, Y me reconocí plenamente en la conmovedora figura, en su máscara de encendido alabastro. Así era yo, de triste, de extraño, de indeciso, de soñador, de turbio y de añorante. Un príncipe intelectual, un hombre de esa época, poco menos que arquetípico, situado entre la Edad Media mística y el Hoy ahito de materia; simultáneamente preocupado por las cosas de la tierra lasciva y por las de un más allá problemático; blando y fuerte, ambicioso y vacilante, dueño de la elegancia que no se aprende y de aquella que enseñan los textos; deshojador de rosas mustias, amigo del lagarto lujurioso y de la salamandra inmortal. La giba, la carga bestial, doloroso, no está presente en el lienzo pero pesa sobre él -—y he ahí una de las maravillas del arte de Lotto—, pesa sobre él, invisible, sobre su donosura espiritual, sobre su atmósfera metafísica.” Cualquier parecido con islas próximas es una mera coincidencia Dale que dale a la Maja, el gran Francisco de Goya, por demanda de su joya, querría hacerse una alhaja; pues que no es canco ni ñoño y la Maja está imponente, aunque con su inconveniente: muy poco pelo en el moño. Quizás sí haya algún parecido, pero aquí por ser mayores hay menos pelo. Buen fin de semana. Salud y fraternidad Atardece en Sierra Morena, el olor a primavera lo impregna todo, cálido y dulzón. Hemos bajado por un camino, a la sombra de los eucaliptos de repoblación y luego de encinas adornadas del verde claro de los brotes nuevos y del oro viejo de sus flores colgantes que aquí, con sugestiva y plástica imagen, llaman moco. Llegamos al embalse que, a esta hora, con los cerros reflejados en sus aguas, es una bella mortaja de los valles más fértiles, de quebradas y barrancos, de alisedas y saucedas, de manantiales de aguas ferruginosas y de parte de la historia de tanta gente de aquí. Llaman la atención, amarradas a peñones o a los troncos de los tarajes, unas barcuchas elementales, hechas de chapa o de tablas. Cuando, después del baño, ateridos y felices, ya casi de noche, nos preparamos para volver; se escucha en la distancia el chapoteo de los remos y se entrevé en el contraluz una barca deslizándose. Son los furtivos, que han salido de noche para que la amanecida los tuviera ya en los cotos de caza de la otra orilla, han matado si ha habido suerte una cierva, la han carneado y reservado los mejores trozos en el zurrón, y después de ocultar vísceras y huesos, han vuelto por los arroyos y barrancos abajo hasta la barca. Alguna vez nos cruzamos con ellos, con el olor a ládano del monte y el acre de la caza. Que siempre se ha cazado, que hace años eran bosques comunales, que está prohibido; y que antes, ha dado alguna tregua al hambre. Quien sabe. Habíamos llegado al parque de Cazorla al atardecer, unos amigos nos habían dado referencias de una familia que vivía en el mismo parque y que ocasionalmente hospedaba a conocidos. Nos presentamos, la señora nos acogió muy amable y nos llevó a ver la habitación en la que habríamos de dormir -“aquí dormía la abuela que en gloria esté”- dijo. Se encontraba en la parte trasera de la casa, era una especie de corral donde no había nada más que dos altos camastros con colchón de farfolla, arca de madera, jofaina y aguamanil resquebrajado; desconchadas paredes de cal que dejaban ver el modesto mortero y una pequeña ventana que daba al gallinero; el conjunto no desmerecía de la casa en la que vivían los propietarios. Cuando estábamos sentados a la mesa de la cocina llegó el hombre, dejó la escopeta colgada tras la puerta y quitándose la gorra nos extendió su callosa mano mientras nos sonreía. Durante la cena nos dijo que por la mañana, no muy temprano, hacia las 7, nos prepararía unas gachas migas para desayunar, ya que si habíamos de caminar todo el día por la sierra nos sería necesario estar bien comidos. Ya de vuelta, al anochecer, encontramos en la casa un zagal, la señora lo presentó como su hijo que venía a pasar el fin de semana, estaba estudiando interno en un colegio del pueblo; -“es mal estudiante”- nos decía, e intentaba que le convenciéramos de lo importante que eran los estudios para poder ser alguien. El chico agachando la cabeza, entre avergonzado y temeroso murmuró: -“me da igual, yo ya me estoy preparando como padre”. La madre le hizo callar. Al día siguiente fue el chaval quien nos preparó las gachas; mientras las comíamos junto a él no pudimos reprimir la pregunta, -“¿Qué es eso para lo que te estás preparando?”, y ya libre de la severa mirada de su madre, con gesto orgulloso, nos dijo que su padre le estaba enseñando a ser el mejor furtivo de la zona, por lo que casi seguramente acabaría como él, siendo guarda del parque, que era lo que más le gustaba. |