De Vere y Herri Gardens |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
Decía Jorge Luís Borges que en todas las partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas, nosotros estamos convencidos que quizás fueran pequeñas en el momento en que lo dijo, hoy probablemente no sea así; pero cuando uno lo descubre es de esos escritores que quisiera poseerlos como secreto, quizás fuera eso lo que Borges sentía o quería sentir. Nosotros llegamos a Schwob desde Stevenson, de quien fue admirador y traductor e inmediatamente entramos en esa sociedad secreta a la que volvemos una y otra vez. LOS HIGOS PINTADOS (MIMO) “Esta jarra llena de leche será ofrecida a la dulce diosa de mi higuera. Todas las mañanas verteré leche nueva, y, si complace a la diosa, llenaré la jarra de miel o de vino puro. Así la veneraré desde la primavera hasta el otoño, y si una tormenta rompe la jarra, compraré otra en el mercado de los alfareros, aunque la arcilla esté muy cara este año. A cambio, ruego a la dulce diosa que preserva la higuera de mi jardín que cambie el color de los higos. Eran blancos, sabrosos y azucarados, pero Iolé se ha cansado de ellos. Ahora desea higos rojos y jura que serán mucho mejores. No es natural que una higuera de higos blancos dé higos rojos en otoño, sin embargo Iolé lo quiere así. Si he sido devoto con los dioses de mi jardín, si les he trenzado coronas de violetas y les he ofrecido aguamaniles llenos de vino y leche, si he agitado amapolas para ellos a la hora en que el sol besa la crestería de mis murallas entre las nubes de moscas que se apoderan del aire de la noche, si soy digno de su amistad por mi religión, haz, oh, diosa, que florezca tu higuera con higos rojos. Si no me escuchas, no dejaré de venerarte con jarras frescas pero me veré obligado a levantarme al alba, en la estación de los frutos, para abrir sutilmente todos los higos nuevos y pintar su interior con la bella púrpura de Tiro.” Stevenson y Schwob nunca llegaron a conocerse en persona, tuvieron una amistad epistolar, y Stevenson en alguna de sus cartas le comentó la posibilidad de encontrarse en París, en casa de Lapérouse, cercana al Puentecito donde Villon callejeaba. Marcel prologó la traducción del Dynamiteur y escribió un ensayo sobre Stevenson que está recogido posteriormente en su libro “Espicilegio”; el escrito acaba con lo que posiblemente le llevó a escribirlo: “Ahora el creador de tantas visiones descansa en la isla afortunada de los mares australes. ¡Ay! No volveremos a ver nada con his mind’s eye. Todas las bellas fantasmagorías que aún tenía en potencia duermen en una estrecha tumba polinesia, no lejos de una reluciente franja de espuma: última imaginación, seguramente también irreal de una vida dulce y trágica. “I do not see much chance of our meeting in the flesh”, me escribía. Era tristemente verdad. Para mí permanece rodeado de una aureola de sueño”. En 1901, Marcel, que ha pasado por unos años de febril y afortunada creatividad, se encuentra destruido físicamente, incapaz de abordar el sueño de escribir su gran libro sobre Villon; es entonces cuando escucha la llamada de la estrecha tumba polinesia que le reclama dirigirse hacia ella, en la isla silenciosa. En Octubre de ese mismo año embarca en el Ville de Ciotat, con rumbo hacia una tumba desconocida. Del viaje escribe un diario en forma de cartas dirigidas a su esposa Margarita, actriz que por entonces se encontraba de gira representando Fedra, la tragedia del silencio, imagen de la muerte; es a ella a quien escribe Marcel. Estas cartas forman un verdadero libro, un libro de esbozos, donde anota, como un pintor, los espejismos del cielo y del mar; un libro que tiene el carácter, desazonante y libre, de las existencias fatales, un diálogo epistolar entre la carne y el mar. Llega enfermo a Samoa. En sus delirios febriles cree morir. En la rada de Apia solamente ve una línea de casitas bajas de madera sostenidas por pilones: Pero Schwob decide obturar, con la pantalla neblinosa de las apariencias, la realidad. Huye del abrazo mortal de la agonía; No se aventurará a ver la tumba. No verá la franja relumbrante. Solo piensa en volver, pues no quiere ver lo que iba a ver. Quien sólo había soñado aventuras, por fin podía vivir una. Pero nos queda sobre todo su pobre grito: “Nunca más volveré a irme” El 26 de Febrero de 1905 se fue. Tenía treinta y siete años. En el capítulo 166 del libro II, que trata de los ranúnculos, Dioscórides se refiere a uno “que nace abundantemente en Cerdeña”; podría corresponder al Ranunculus sceleratus de Linné, al cual nos estamos refiriendo, llamado de algunos, según Andrés de Laguna, “apiastri o apio silvestre, porque se parece al apio en las hojas, dado que se muestra mucho más vehemente; y tanto, que si se come hace torcer la lengua y los labios, de donde vino a llamarse apium risus, que es apio que constriñe a reír, porque los que lo comen se mueren riendo a regañadientes y mal de su grado. De aquí que, como esta planta se llame también sardonia, porque crece en la mayor parte de Cerdeña, y haga reir sin gana, todos traigan el ya el riso sardonio en común proverbio, entendiendo por él toda suerte de falsa risa, que no nace del corazón… Todas las especies de ranúnculo son en extremo calientes, agudas, cáusticas y muy corrosivas, y ansí no se deben tomar jamás por boca ni aplicar por de fuera sino cuando queremos llamar los humores y hacer ampollas. Suelen con el ranúnculo algunos pobres hacerse llagas para conmover más los ánimos, y con esta industria coger mucho mayor limosna” Plinio nos cuenta: De la región de Uta, en la isla de Cerdeña, se había hecho traer Kratevas algunos manojos de sardonia, con su blanca cabellera de raíces, y los puso en cultivo en lugar recogido del jardín, hincándolos en tierra qu mantenía anegada con agua de lluvia. Sabía el Rizotomo –que éste era el sobrenombre de Kratevas- que los antiguos sardos usaban esta yerba para sacrificar a los ancianos, lo cual hacían con arrebatada crueldad. Y de esta misma usó él, apartado de la serenidad científica, llegados el día y la causa, que fueron el hacerse manifiesta la preñez de Vira, asiática, esclava, de trece años, a la que Kratevas amaba sin haberla tocado aún en su virginidad. Fue averiguado que el autor de la preñez, era un mozo, poco más que un niño, servidor de Tigranes, el primer general póntico de Mitrídates, y a este Tigranes compró Kratevas el esclavo por cuanto quiso, sin pararse en avaricias –que eran muchas, según se sabe por las actas que tratan de la sevidumbre a Pompeyo después de la muerte de Mitrídates-. Y escribe Kratevas: Luego dirán que no es útil esta nuestra página, aquí tiene el curioso lector dos utilidades en una sola planta, por lo demás común y barata; la primera deshacerte de algún familiar o deudo cargante (además con una sonrisa) y, la segunda conseguir en caso de apuro una baja laboral que facilite una temporada de asueto o reflexión. Que todas estas funciones tiene esta planta que se cría en lugares aguanosos y prados húmedos de nuestro país. Los náufragos se abrían paso con dificultad en el espeso bosque tropical. Hace un calor de estufa que hace incómodo avanzar y, además están cansados de un día de exploraciones, así que desean el fresco de la noche y de la playa donde tienen el refugio. El atardecer se filtra entre las frondas de helechos, las lianas y las copas de los árboles. H. exclama un brutal dicho marinero cuando choca contra una rama de árbol que no ha visto en su lucha contra la enmarañada vegetación, pero se vuelve hacia V. con expresión emocionada: “mira, una cattleya”. Y es que en la horcajadura de la rama está una bella orquídea epifita de labelo tricolor. Una cattleya, repite V. y ambos se lanzan por el río de asociaciones que la flor les ha despertado. En su imaginación enfebrecida y exaltada por la soledad, la horcajadura pasa a ser la onda canal entre los senos de Odette de Crécy, el tronco su bien formado talle modelado al antojo de la moda por el corsé, y en la penumbra apareció el resto de una parisina elegante: bucles, corpiño, gasas, volantes, justillos, dobles faldas y bullones de encaje. De golpe (ese golpe que era el Swann y Odette) se les ha roto la oscura y blanda protección de la rutina, les ha puesto delante la vida que han perdido o quizás lo que creían tener; ese resplandor inmediato total y delicioso, les ha iluminado con crueldad su existencia y, como siempre no tienen otra salida que perderse en las evocaciones del texto, dejarse llevar por lo que Proust les propone. “Una segunda visita que le hizo tal vez tuvo más importancia. Al dirigirse aquel día a su casa, como siempre que debía verla se la imaginaba de antemano; y la necesidad que sentía, para encontrar bello su rostro, de circunscribir sólo a los pómulos frescos y rosados las mejillas que tan a menudo tenía amarillas y lacias, picadas a veces de puntitos rojos, le afligía como una prueba de que el ideal es inaccesible y mediocre la felicidad. Le llevaba un grabado que Odette deseaba ver. Estaba algo indispuesta y lo recibió en bata de crespón de China color malva, sujetándose sobre el pecho, como un chal, una tela suntuosamente bordada. De pié, a su lado, con los cabellos sueltos que dejaba resbalar a lo largo de las mejillas, con una pierna doblada en actitud casi de baile para poder inclinarse sin fatiga hacia el grabado que, bajando la cabeza, observaba con sus grandes ojos, tan cansados y desapacibles cuando no se animaba, sorprendió a Swann por su parecido con esa figura de Séfora, hija de Jetró, que puede verse en un fresco de la capilla Sextina. Swann siempre había tenido esa particular afición a encontrar en los cuadros de los maestros no sólo los caracteres generales de la realidad que nos rodea, sino aquello que, por el contrario, parece menos susceptible de generalizar, los rasgos individuales de los rostros que conocemos: por ejemplo, en la materia de un busto del dogo Loredano de Antonio Rizzo, la prominencia de los pómulos, la oblicuidad de las cejas, el clamoroso sosias, en suma de su cochero Rémi; bajo los colores de Ghirlandaio, la nariz de M. de Palancy; en un retrato de Tintoretto, la invasión del gordo de la mejilla por la implantación de los primeros pelos de las patillas, el fruncimiento de la nariz, la penetración de la mirada, la congestión de los párpados del doctor Du Boulbon. Como siempre había tenido remordimientos por haber limitado su vida a las relaciones mundanas, a la conversación, quizás creía encontrar una especie de indulgente perdón concedido por los grandes artistas en aquel hecho: también ellos habían considerado con gusto y acogido en su propia obra esas caras que confieren a ésta un certificado singular de la realidad y de vida, un sabor moderno; quizás, también, se había dejado conquistar tanto por la frivolidad de las gentes de mundo que sentía la necesidad de encontrar en una obra antigua aquellas alusiones anticipadas y rejuvenecedoras a nombres propios del presente. Quizás, por el contrario, había conservado el suficiente temperamento de artista para que tales características individuales le gustasen adoptando un significado más general cuando las veía desarraigadas, liberadas, en el parecido de un retrato más antiguo con un original al que no representaba. En todo caso, y quizá porque la plenitud de impresiones que disfrutaba desde hacía un tiempo, aunque le hubiese llegado más bien con el amor por la música, había enriquecido hasta su gusto por la pintura, el placer fue más profundo, y había de ejercer sobre Swann una influencia duradera, al encontrar en ese momento en el parecido de Odette con la Séfora de aquel Sandro di Mariano a quien conocemos por el sobrenombre popular de Botticelli dado que éste evoca, en lugar de la obra verdadera del pintor, la idea trivial y falsa que de él se ha vulgarizado. Dejó de estimar la cara de Odette por la mejor o peor calidad de sus mejillas y por la suavidad puramente carnosa que suponía iba a encontrar en ellas rozándolas con sus labios, si alguna vez se atrevía a besarla, para considerarla como una madeja de líneas sutiles y bellas que sus ojos se apresuraron a devanar, siguiendo la curva de su envolvimiento, conectando la cadencia de la nuca con la efusión de los cabellos y la flexión de los párpados, como en un retrato de ella en que su tipo se volviese inteligible y claro.” Traducción: Mauro Armiño La flor (popularmente lirio de mayo) como suele pasar, la había descubierto un miembro de la expedición de Mutis en el S. XVIII, pero lleva su nombre por el horticultor inglés Cattley. En la Exposición Universal de 1.867, Eugenia de Montijo queda prendada de una hermosa flor; José Jerónimo Triana, botánico colombiano agregado a la embajada de París, incluyó esta flor de mayo de su colección particular; la esposa de Napoleón III pidió que ésta fuera subastada para fines caritativos, alcanzando los 18 000 francos. Más tarde, Triana recibió una medalla de oro macizo con la efigie del emperador y un trofeo de porcelana que el científico cambió por un bono de 5 000 francos para paliar su estrechez económica. El gusto de la llamada “emperatriz de la moda”, tuvo una influencia decisiva en el devenir de nuestra flor. Más tarde, Colombia inmortalizó su nombre en la designación científica del lirio de mayo, o Cattleyatrianae. “Subió con Odette al coche de ella y mandó al suyo que los siguiera. Odette llevaba en la mano un ramo de catleyas y Swann vio que bajo su pañuelo de encaje, en el pelo había flores de esa misma orquídea prendidas en un airón de plumas de cisne. Bajo la mantilla llevaba una casaca de terciopelo negro que, recogida al bies, mostraba en un amplio triángulo la parte inferior de una falda de falla blanca y dejaba ver un canesú, también de falla blanca, en la abertura del escotado corpiño, donde se hundían más flores de catleyas. Nada más reponerse del susto que Swann le había causado, un obstáculo provocó un extraño del caballo. Fueron bruscamente desplazados, ella había lanzado un grito y permanecía palpitante, sin aliento. “No es nada, dijo él, no tenga miedo”. Y la tenía cogida por el hombro, apoyándola contra él para sostenerla; luego le dijo: “Ante todo, no me hable, contésteme solo por señas para no sofocarse más. ¿Le importa que le coloque bien las flores del corpiño? Con el choque casi se han salido. Temo que las pierda, voy a metérselas un poco”…. “Sonriendo, Odette apenas se encogió de hombros, como diciendo “qué tonto es usted, ¿no ve que me gusta?”…. Mas era tan tímido con ella que, aunque esa noche terminó poseyéndola después de haber empezado por arreglarle las catleyas, fuese por temor a ofenderla, fuese por miedo a dar retrospectivamente la impresión de haber mentido, fuese por la falta de audacia para formular una exigencia mayor que aquélla (podía repetirla desde el momento en que la primera vez no había molestado a Odette), los días siguientes recurrió al mismo pretexto. Si Odette llevaba catleyas en el escote, le decía: “¡Qué lástima! Esta noche las catleyas no necesitan que nadie las arregle,, no están fuera de su sitio como la otra noche; pero me parece que hay una que no está muy derecha. ¿Puedo ver si huelen más que las otras?” O, si no las llevaba: “¡Ah! Esta noche no hay catleyas, y no podré dedicarme a los pequeños arreglos”. De modo que, durante algún tiempo, no hubo cambio alguno en el orden que había seguido la primera noche, empezando por tocamientos con dedos y labios sobre el pecho de Odette, y por ellos siguieron comenzando siempre sus caricias; mucho más tarde, cuando arreglar (o el simulacro ritual de arreglo) las catleyas hacía tiempo que había caído en desuso, la metáfora “hacer catleya”, convertida en un simple vocablo que utilizaban de forma inconsciente cuando querían referirse al acto de la posesión física –en el que por lo demás no se posee nada - , sobrevivió, en su lenguaje, a esa costumbre perdida para conmemorarla. Y acaso esa manera particular de decir “hacer el amor” no significaba exactamente lo mismo que sus sinónimos. Por más harto que esté uno de las mujeres, considerar la posesión de las más diferentes como si siempre fueran la misma, ya conocida de antemano, tratándose de mujeres bastante difíciles –o que nosotros tenemos por tales- se vuelve por el contrario un placer nuevo que nos obliga a hacer surgir esa posesión de algún episodio imprevisto de nuestras relaciones con ella, como para Swann fue, la primera vez, el arreglo de las catleyas. Aquella noche, esperaba temblando (pero se decía que, si Odette resultaba víctima de su astucia, no podía adivinarlo) que fuese la posesión de aquella mujer lo que había de salir de entre sus anchos pétalos color malva; y el placer que ya sentía y que Odette, según él, acaso toleraba únicamente porque no lo había reconocido, le parecía, precisamente por eso –como pudo parecer al primer hombre que lo saboreó entre las flores del paraíso terrenal-, un placer que hasta entonces no había existido y que él trataba de crear, un placer –y el nombre especial que le dio conservó su huella- enteramente particular y nuevo.” Este viernes nos visita el ilustrado Félix María de Samaniego. Como buen hijo de su tiempo parte de su obra permaneció inédita; J. López Barbadillo dio con parte de ella en la iglesia de Espinama, rincón perdido de España que es a la vez Cantabria, Asturias y León; allí encuentra un librillo manuscrito de cuentos burlescos, cuentos endemoniados, cuentos empecatados; pero de diablejos alegres y graciosos; picardía, chiste y zumba, cosa española rancia; pecadillos veniales que hacen sonreír a Dios nuestro Señor, según le comenta el viejo párroco. Y resulta gracioso que así lo dijera el cura, pues en ellos se nos hace patente el Samaniego anticlerical, pues son los frailes y aun las débiles monjas, quienes aparecen como los más activos en el ejercicio del sexo; que así debía de ser en aquella época, en la que la connivencia amorosa entre las damas y los clérigos era proverbial, como lo atestiguan los datos históricos de la época o la pinta Goya en sus dibujos y grabados. Frailes de todas las órdenes y grados, panzones y lúbricos, rivalizan en sus actividades eróticas: agustinos, carmelitas, franciscanos, benedictinos, trinitarios, jerónimos, capuchinos. Aunque la tribu monacal de San Benito andaba siempre “a tres pies”, parece que los más potentes fueron los discípulos de San Jerónimo, a quienes se les atribuye la famosa “docena del fraile” (y aquí recordamos a Fray Treze), que visto lo visto, no debían ser de huevos como quiere hacernos creer el refranero, aunque lo enmienda con otro: “Fraile y mujer ligera los hallarás dondequiera”. Como muestra de esta deliciosa colección dejamos este cañamón: Cierta viuda, joven y devota, cuyo nombre se sabe y no se anota, padecía de escrúpulos, de suerte que a veces la ponía a la muerte. Un día que se hallaba acometida de este mal que acababa con su vida, confesarse dispuso, y dijo al confesor: -Padre, me acuso de que ayer, porque soy muy guluzmera, sin acordarme de que viernes era, quité del pico a un tordo que mantengo, jugando, un cañamón que le había dado y me lo comí yo. Por tal pecado sobresaltada la conciencia tengo y no hallo a mi dolor consuelo alguno, al recordar que quebranté el ayuno. Díjola el padre: -Hija, no con melindres venga, ni por vanos escrúpulos se aflija, cuando tal vez otros pecados tenga. Entonces, la devota de mi historia, después de haber revuelto su memoria, dijo: -Pues es verdad; la otra mañana me gozó un fraile de tan buena gana que, en un momento, con las bragas caídas, once descargas me tiró seguidas y, porque está algo gordo el pobrecito, se fatigó un poquito y se fue con la pena de no haber completado la docena. Oyendo semejante desparpajo, el cura un brinco dio, soltó dos coces, y salió por la iglesia dando voces y diciendo: -¡Carajo! ¡Echarla once y no seguir por gordo! ¡Eso sí es cañamón, y no el del tordo! El post oriental del otro día que mostraba una imagen de la Iglesia de Saint Marie en Oloron y los comentarios tienen la culpa de que sigamos por ese camino. La primera bifurcación nos lleva a las representaciones de los genitales femeninos personificados que recorren la historia de la humanidad desde los ídolos neolíticos, pasando por las representaciones griegas de Baubo, la vulva mítica, siguiendo con las representaciones en iglesias románicas, las Sheila-na-gig de las iglesias irlandesas del siglo XVI y podíamos terminar con La violación de Magritte. El siguiente es la reacción que producen que oscila entre el desagrado: "son grotescas", y la risa. Clemente de Alejandría nos narra la exhibición de Baubo y sus consecuencias: Demeter ríe y supera el duelo por su hija Perséfone. A nosotros nos ha recordado un cuento popular español: ¿Eres tu prenda adorada la que no te rís de nada? Le dice el gañán a la melancólica princesita, un sonoro pedo por medio y lo tenemos de prícipe heredero. No sabemos si este será el comienzo de una serie de posts de reivindicación de la injustamente postergada parte que alguien por aquí comparó con un pene chafado de un martillazo. Siguiendo la idea que nos manda Charles, hemos seguido rebuscando en torno al sitio dentro de lo que las deficiencias de nuestra formación de ciencias nos han permitido y, aunque pensábamos continuar en comentarios, parece que se ve mejor si hacemos nuevo post. Hemos encontrado en el mundo clásico (aparte del efecto obvio) tres efectos documentados de la exhibición de la vulva, el primero es el que comentábamos sobre Demeter: la risa y la superación del duelo; el segundo es el de avergonzar a los hombres, por ejemplo Plutarco en Las Apotegmas de los Laconianos refiere que ante la huida de los espartanos en la batalla, las mujeres les salieron al encuentro y, subiéndose las faldas les dijeron: “¿queréis refugiaros aquí de donde habéis salido?; el tercero sería el de infundir miedo (como en el chiste de ayer en los comentarios –cómetelo-), ilustrado por un bronce etrusco hecho para la delantera de un carro de guerra con una Gorgona que muestra los genitales. Disgreguemos ahora sobre la palabra Baubo y su etimología. Para algunos sería una onomatopeya de los ladridos de los perros del Hékate: “Bau Bau” (y aquí empezamos con los ruidos), relacionada en ese origen con el latín baubari –aullar- y con “baubon” -consolador, olisbo-. Curiosamente aunque la palabra latina vulva no está relacionada –su origen estaría en vaina de habas (Festo) “in volvis intimis” (M. Terencio Varron) y por aquí nos pondríamos de nuevo en relación con los ruidos, leemos “según Plutarco el efecto afrodisíaco del haba se debería a su tendencia a producir gases intestinales. Sin duda es por esta razón por la que también se vinculaba el haba al alma (Psiché) y al viento”. La relación con los ruidos continua, para Eurípides, Demeter se consoló al oír el sonido ctónico de los tambores que hizo tocar Afrodita. Según el Mithographus Vaticanus, los groseros licios hicieron un sonido obsceno ¿pedo? “contra eam turpem sonum emitteret” para enfadar a Demeter y esta los convirtió en ranas graznadoras. Hay una versión cristianizada del mito según la cual, la virgen buscando a su hijo muerto se encontró una rana y al verla tan fea, le dio un ataque de risa. Se puede comparar con la descripción de un padre de la Iglesia, Clemente de Alenjandría, que en el Proteptico dice: “Después de haber hablado así, Baubo remangó su peplos para mostrar todo lo que tiene de obsceno su cuerpo: el niño Iakchos reía y movía con su mano bajo el regazo (kolpos) de Baubo; entonces la diosa sonrió en su corazón (thymoi); aceptó la copa de abigarrados reflejos en la que estaba contenido el kykeon”. Como última duda se nos plantea si ese sonido obsceno no sería el que en determinadas circunstancias puede emitir la vagina ¿El ruido sin nombre? |