De Vere y Herri Gardens |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.
Luna llena, luna oscura, los recelosos granjeros sueñan que su ganado más lustroso, enfebrecido por las garras de los chotacabras, llamados pájaros del diablo, su ojo, un relámpago, una viruta de fuego de rubí. Aunque la fábulas dicen que los chotacabras se mueven, ocultos a la mirada de los hombres en el aire de ébano sobre alas de ropa de bruja, bien nombrado, mal afamado como ladrón volador nocturno, aunque nunca ordeñó una cabra, nada tuvo que ver con la muerte de las vacas y sombras sólo -boca cavernosa rodeada de cerdas- - abejorros y la pálida, verde polilla luna. La traducción es nuestra ¿se nota? Ayer al aterdecer se escuchó el primer croar de los chotacabras este año. Esta tarde, me ha anochecido mientras segaba un carrillo de hierba para las bestias, empezaban a salir las estrellas y negreaba la sombra de los pinos. Muy cerca se escuchó la voz monótona de un chotacabras - es como un chasquido repetido a un ritmo más o menos rápido-. Así que llamé a los perros en cuanto terminé y salí a dar un paseo con la idea de oír los ruidos de la noche que, aparte de las aspas de la depuradora de aguas residuales de la urbanización de los vecinos y de los ladridos de los perros eran: un autillo -una única nota aguda repetida, los grillos, los sapos que aprovechan los charcos de los últimos chaparrones, alguna nota de ruiseñor y los chotacabras a lo lejos. Mientras paseaba, recordaba que mis hijas en una ocasión se habían alarmado con el canto de los chotacabras - a veces es agudo y otras resuena como golpes sobre madera- en el silencio del campo, lo confundieron con gritos de personas, tal vez un ritual satánico. Quizás en su Provicence natal pudo tener Lovecraft siendo niño una experiencia semejante con los chotacabras americanos y estuviera en el origen de relatos como El horror de Dunwich. En todo caso quien los ha sorprendido posados en un camino con sus ojos enormes o ha visto su vuelo de apariencia errática como mariposas nocturnas quebrado por ocasionales batidas de alas, no los podrá olvidar. Está viendo en la televisión las noticias sobre la campaña electoral, hablan de la corrupción urbanística en el momento que su hijo le interrumpe pidiendo opinión sobre cosas nuevas que pueda meter en su iPod; ya le iba a recomendar “My name is Buddy” cuando una asociación inconsciente trae a su mente un esqueleto conduciendo un bulldozer que va aplastando pequeñas casas, es la portada de “Chávez ravine”, el anterior trabajo de Ry Cooder, un trabajo conceptual sobre el desahucio de Chávez Ravine en el año 1950, un barrio de Los Angeles habitado en su inmensa mayoría por emigrantes mejicanos, barrio que el propio Cooder recuerda como el Shangai-La de los pobres, un pueblo con su cultura, autosuficiente, dentro de la ciudad; Sus habitantes se sublevaron ante las miserias de subvenciones que les otorgaban, muchos de ellos se resistieron a su desalojo y fueron declarados “ilegales”; su lucha sería en vano pues eran grandes los intereses económicos que movían aquello. Allí se construyó una catedral de una de las mayores religiones de aquel país, el béisbol. Cooder, rescata de su memoria el atentado; escuchamos música de la época hecha desde ahora por músicos en su mayor parte chicanos; ritmos afrocubanos, corridos, latin swing, boggie pachuco, folclore costarricense, piezas atmosféricas cambiantes que nos hablan de la vida del barrio, del antes, de la lucha y del después. De pronto se siente como uno de esos políticos que están frente a él en el televisor; ¿Realmente le importa todo esto a su hijo?, pero el chaval ya le está preguntando por los pachuchos y su mente comienza a buscar las palabras; -Sobre ellos hablaremos otro día- le contesta. Macbeth, V, v ¿Qué es la vida sino una sombra, un histrión que pasa por el teatro, y a quien se olvida después, o la vana y ruidosa fábula de un necio? ¿Que aparece saliendo de una enorme nube de polvo? Es una destartalada y ruidosa ranchera Chevrolet la que avanza a trompicones y petardazos por la carretera del Condado de Lafayette en Mississippi bordeada de fértiles campos de tierra negra cultivada de algodón. Dentro se distinguen a través de los cristales, sucios de insectos y barro, dos personajes barbudos ataviados a lo que ellos han considerado el más puro estilo cajun -camisas de cuadros, pantalones vaqueros con tirantes, sombreros de paja- dos personajes de barbas entrecanas que discuten con energía, aspavientos y abundante movimiento de manos. Son ellos, nuestros viejos conocidos H. y V. que ya ven imposible, después de equivocarse mil veces preguntando en su mejor inglés, llegar a Rowan Oak, la casa que Faulkner habitó y que ahora es un museo. V. agarra el volante con crispada tensión y H. casi desaparece detrás de una montaña de mapas y guías, por fin encuentran una indicación casi escondida cuando ya pensaban volver a preguntar en la ciudad. Se relajan y, mientras recorren el estrecho sendero, continúan hablando del tema que traían entre manos. En la librería del pueblo (Oxford, Miss), se habían enterado de que, igual que los concursos de imitadores de Elvis, hay también concursos de falsos Faulkner con premios remunerados a relatos escritos según el estilo del escritor, se llama el "Faulkner Write-Alike Contest", y cuya colección de ganadores constituye el "The best of bad Faulkner" -el mejor de los malos Faulkner-. Pensaban que es algo parecido a las anotaciones que de vez en cuando publican, hacer pastiches a partir de textos dejándose llevar por el estilo de cada autor y que es algo parecido a lo que se hace de forma natural en pintura, copiar como una forma de hacerse con la técnica. Cuentan que Proust era especialmente hábil haciendo imitaciones indistinguibles y, probablemente esa capacidad -algo así como un buen oído literario- sea importante para crear el propio. Cuando de madrugada decidieron vestirse de aquella manera les resultó divertido, ahora, perdidos como estaban y con el anochecer acechando H. recordaba a todos aquellos sujetos que veía en sus mañanas sanfermineras, de blanco impoluto, faja, pañuelo, boina roja y la bota de las tres ZZZ en bandolera, apenas reparaba en ellos como algo entrañablemente exótico, pero no se los podía imaginar escuchando la ruidosa música de las charangas más de media hora seguida. V. balanceaba la cabeza levemente al ritmo del triángulo mientras mascullaba para sus adentros que no podría seguir bailando en la pradera o en el granero ni un minuto más a no ser que le trajeran una garrafa de buen aguardiente y unas botas nuevas con las que seguir aporreando los bajos de la ranchera, cuando vio aparecer de entre la sábana mapa una mano que se dirigía hacia el mando del dial de la radio, agradeció aquel movimiento con una mueca de cómplice aprobación. Allá estaba, la música de los doce compases, H. suspiró aliviado, indudablemente era John Lee Hooker, de haber sonado una de las escasísimas grabaciones de quien había estado pensando mientras giraba el dial habrían debido buscar otra alternativa llegado el día en que escribieran sobre Goethe. V. aparcó la ranchera a un lado del camino, -Cuando Faulkner decía que un paisaje se conquista con las suelas de los zapatos y no con los neumáticos de los automóviles no creo que se refiriera a la música cajun, las suelas ya las hemos desgastado suficientemente- dijo. Se tumbaron sobre la yerba boca arriba mientras les seguían llegando las notas del viejo blues. If there be grief, then let it be but rain, And this but silver grief for grieving's sake, If these green woods be dreaming here to wake Within my heart, if I should rouse again. But I shall sleep, for where is any death While in these blue hills slumbrous overhead I'm rooted like a tree? Though I be dead, This earth that holds me fast will find me breath. Si hay dolor, que sea sólo lluvia, Traducción de Javier Marías. V. consiguió por fin apagar la radio que llevaba horas atronando caminos y espantando pájaros de los bosquetes de cedros que atravesaban y continuaron la conversación que venían volviendo obstinadamente durante el viaje.Decía H. que si, hasta ahora, habían hablado de pecios, el de Faulkner era distinto, tal vez informe y deslavazado, pero con algo que abría puertas, que posibilitaba otras lecturas.Quizá lo primero que a ambos les venía a la cabeza eran los relatos cortos, donde estaban la mayor parte de sus temas expuestos con gracia y relativa sencillez.Rieron al recordar “Afternoon of a cow”, La siesta de una vaca que siempre habían encontrado irresistiblemente cómico. En él Faulkner hace de Fauxner, es el primer falso Faulkner al parodiarse atribuyendo su autoría a un supuesto “negro” –en inglés ghost writer- Ernest V. Trueblood, que vive en su casa y escribe sus relatos. H. narra con grandes aspavientos y carcajadas, el incendio del pasto en Rowan Oaks, la búsqueda entre el humo y como acaba Mr. Faulkner en el fondo de una hondonada, medio aplastado por el pobre animal, sus mugidos lastimeros y los gritos de los demás: “… y el Sr. Faulkner quedó debajo de la vaca. Más tarde –aquella noche, para ser exacto- recordé cómo, en el momento en que mirábamos a Oliver subir por el declive, creí recibir, como por telepatía, de la pobre criatura (una mente femenina; la única hembra entre tres hombres) no sólo su terror sino también su contenido: sabía por sagrado instinto femenino que el futuro le reservaba algo mucho peor para una hembra que el miedo a cualquier daño o sufrimiento corporal: una de esas invasiones de la intimidad femenina en la que, víctima indefensa de su cuerpo físico, ella parece verse a sí misma como blanco de algún poder maligno perpetrador de ironía y de ultraje; y que ello dará lugar a amargura por el hecho de que quienes han de presenciarlo, aunque sean caballeros, nunca podrán olvidarlo y caminarán por la tierra recordándolo durante el tiempo que dure la vida de ella; sí, será aún más amargo por el hecho de que quienes han de presenciarlo son caballeros, seres de su mismo rango. Recuérdese como la agotada y aterrorizada y pobre criatura, durante toda una tarde, había sido la angustiada y ciega víctima de una circunstancia que no alcanzaba a comprender, había sido gobernada por un elemento que instintivamente temía, y finalmente había sido arrojada violentamente al fondo de un barranco cuya cima, sin duda, creía ya no volver a ver jamás. En un tiempo los soldados me contaron (estuve destinado en Francia como miembro de la Asociación de Jóvenes Cristianos) cómo, al entrar en combate, se instalaba a menudo dentro de ellos –prematuramente, por así decir- cierto impulso o deseo cuyo cumplimiento resultaba incontestable y, claro está, irreparable. En una palabra: el señor Faulkner, situado debajo de la vaca, recibió la total descarga de la tarde de angustia y desesperación de la pobre criatura.…” Traducción de Jesús Zulaika |
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